sábado, 17 de enero de 2015

Chajá - Primera parte

Íbamos saliendo de la pampa húmeda argentina y estábamos ya entrando en una zona que yo calificaría definitivamente de desértica y que me esforcé en denominar “el desierto de Cuyo”. Este desierto post-pampeano nos sorprendió no sólo con más de 45 grados celsius arriba del auto -un toyota yaris del 2005 sin aire acondicionado-, sino también con una serie de lagunillas en las que se posaban aves como el carancho y la gallereta (en chileno se le dice tagua). La primera lagunita se hacía precisamente a un costado del camino, y nosotros pasamos mirando los teros (queltehues) de lejos y con cuervos (jotes) sobrevolando la zona.

El segundo pozón apareció a un par de kilómetros y estaba en realidad un poco más adentro, a unos 80 metros del camino, así que detuvimos el vehículo y comprobamos que la temperatura fuera de él no era de más de 38 grados. En la laguna vimos varias especies de patos, algunos con descendencia, y, más allá, dos pájaros negros y robustos que mi hermano aseguraba que eran jotes pero que terminaron siendo chajás, cosa que comprobé cuando uno de ellos nos gritó como pavo. Son incluso más grandes que los pavos, y tienen las patas rojas y largas.

Mi hermanos volvieron al auto mientras yo daba la vuelta alrededor de la laguna. Sin que me acercara demasiado a ellos, los chajás emprendieron vuelo y se posaron unos 100 metros más allá, en otra pequeña laguna. Vía chiflido llamé la atención de mis hermanos y les indiqué la siguiente laguna, diciéndoles que iba a caminar hacia allá, alejándome de la carretera. Así que caminé y me fui sorprendiendo en el camino, porque la laguna parecía ser en realidad bastante grande, y porque fueron apareciendo restos, diría yo, de chatarra, que terminaban aparentemente en un basural, casi al borde de la laguna, pero por el otro lado, yo diría que a un kilómetro de distancia… de ese tamaño parecía ser la laguna.

A menos de 100 metros la pareja de chajás emprende el vuelo. Primero corren y aletean y poco a poco van tomando altura, pasando, yo diría, peligrosamente -para ellas- cerca mío, y desde abajo les veo el pecho inflado, pedazos de piel que asoman entre las plumas. Vuelan hacia el basural. Rodean la laguna con un vuelo circular, casi sin aletear, y toman altura hasta que parecen poco más que un punto en el cielo. En eso veo que desde el basural, un hombre camina hacia mí. Me quedo en el lugar algunos minutos, tal vez incómodo con la presencia del argentino, observando la laguna. Cuando vuelvo a mirar, el hombre me hace un gesto, entre saludándome y pidiéndome que me acerque. Sigo a la vista de mis hermanos, que están en el auto, y camino lentamente hacia este personaje, que parecía ser un típico argentino habitante del desierto. Habíamos visto, en medio de la nada, casitas bajas, de barro y ladrillo. Habíamos visto carteles que indicaban que había escuelas públicas, sin una sola casa en kilómetros. Ya estando a pocos metros, este anciano me dice:

“Como le decía, me encontraba
en aquella soledá,
entre tanta escuridá
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá me hizo parar las orejas”.

Con la mirada indicó los dos puntos negros que sobrevolaban el cielo y agregó:

“Vuelan más alto que un cóndor”.

Rápidamente le requerí datos acerca del pecho inflado que les vi, de la piel entre las plumas.

“Se inflan” -me respondió-. “Para volar, se inflan y crecen, casi al doble. Son casi pura espuma. ¿Quiere verlos de cerca?”.

Me explicó que tenía un corral de chajás en su casa, al borde de la laguna, más allá del basural. Mis hermanos buscaban sombra bajo un pequeño árbol y les chiflé de nuevo, pero se mostraron en contra cuando les indiqué que iba a caminar más lejos. El anciano vio todo esto y me dijo:

“Vaya con ellos, ya sabe dónde queda mi casa”, y, sin más, se puso a caminar. Yo me acerqué a mis hermanos y les conté rápidamente la historia del viejo. Ellos aceptaron ir a condición de quemar un poco, en un chupete chileno que andábamos trayendo. Entonces quemamos, y fuimos.

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