lunes, 14 de abril de 2014

Relato explicatorio acerca del incidente en Club Hípico con Lago Calafquén

el niagara en bicicleta by jlg on Grooveshark


Por requerimiento del Prefecto de Zona Metropolitano, adjunto a continuación el relato que explica mi aparición en los registros de la 51 Comisaría de Pedro Aguirre Cerda con fecha 13 de abril de 2013.

Yo nunca he sido muy bueno para consumir bebidas alcohólicas, menos desde que soy detective: siempre he tratado de ser un buen funcionario, y soy una persona, como se dice, sin vicios. Pero la madrugada del 12 de abril estaba en casa de mi madre, en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, con la familia de mi hermana, y estábamos en una fiesta, es decir, estaban casi todos bebiendo. Yo había ingerido alguna lata de cerveza durante la cena, y después tomé cerveza sin alcohol, porque mi cuñado tampoco toma, entonces estábamos los dos tomando cerveza sin alcohol.

En cierto momento el suegro de mi hermana nos dio dinero para ir a comprar una botella de pisco, una coca cola y una bolsa de hielo, y con María, mi hermana, salimos a Avenida Manuela Errázuriz, doblamos por Lago Calafquén y caminamos la cuadra que nos separaba de Club Hípico, donde está la “Botillería 77”. Compramos. Luego salimos de la botillería y doblamos por la esquina sur-poniente de Club Hípico con Lago Calafquén, esquina que tiene una reja amarilla para separarla de la calle, reja que deja un pasillo angosto justo en una curva, y, a mitad de curva, en medio del pasillo, nos encontramos frente a frente con un grupo de personas. En ese momento calculé diez o doce, tal vez más. Se notaba de lejos que venían todos juntos saliendo de alguna fiesta, o que, por lo menos, venían enfiestados, gritando entre ellos, conversado en voz muy alta, con botellas medio vacías y vasos servidos en las manos, cigarrillos de tabaco encendidos, y también de marihuana.

Al encontrárnoslos de frente noté que desde hacía rato sentía la bulla que hacían, desde antes de llegar al pasillo curvo. Nosotros aminoramos un poco el paso, porque simplemente no cabíamos todos por el pasillo, pero ellos, como si nos ignoraran o como si caminaran demasiado distraídos conversando, empezaron a rodearnos sin dejar de conversar, apretujándonos a ratos entre ellos, o entre alguno de ellos y la reja amarilla, manteniendo un griterío abierto frente a nosotros.

Mi hermana María estaba asustada, se le notaba el miedo a que la asaltaran o a que la atacaran. Me miró la cintura, como pidiéndome que sacara mi arma de servicio, que yo en ese momento no portaba; me levanté de hombros y con gestos le dije que siguiéramos avanzando, pero noté que detrás de los diez o doce que calculé en un principio, venía un grupo importante de personas haciendo lo mismo, unos cincuenta.

Me dio la impresión de que estaban, como se dice, carreteando, pero no sólo en la calle, sino que carreteando sin dejar de caminar. También pensé que iban de paso de una fiesta a otra, cosa, en todo caso, rara, porque en el barrio no hay discos ni centros bohemios ni nada parecido, tendrían que ir en el camino de una casa a otra. Pensé que estaban cometiendo una falta y que debería llamar a Carabineros, pero decidí hacerlo cuando nos alejáramos un poco del grupo.

Pero el grupo no parecía alejarse. Parecía más bien que nosotros éramos un obstáculo leve para el movimiento de una masa demasiado grande, que nos incluía cada vez mejor dentro de su rutina enfiestada y movediza. Nosotros tratábamos de avanzar, pero a ratos nos quedábamos parados, apoyados en la reja amarilla o en la pared, detrás de los pequeños árboles. Queríamos salir de ahí y no lo lográbamos.

En un momento ya no pude seguir avanzando, me vi obligado a esperar un poco, a dejar pasar a algunos, para seguir la marcha. Aproveché de analizar un poco la actitud de los enfiestados, y parecían realmente alegres, y algunos, con sus teléfonos celulares, reproducían canciones bailables de mi gusto. Me acuerdo que uno pasó lentamente a mi lado, conversando sin parar con una niña de su edad, de 23 ó 25 años, y en su teléfono sonaba El Niágara en Bicicleta, de Juan Luis guerra.

Mi hermana también escuchó la canción y se volvió hacia mí, ya menos asustada. Me miró levemente sonriente y bailó un poco con los hombros, como invitándome a bailar. Yo me levanté de hombros de nuevo e hice algún gesto de bailar también. Le respondí moviendo los hombros, como bailando, pero levantado de hombros. Pensé que con María nos comunicábamos a través de los hombros. Sólo con los hombros nos dijimos un par de cosas: ella me dijo que ya no tenía miedo y yo le dije que no entendía bien la situación, pero que siguiéramos caminando. Me puso de muy buen humor la situación de los hombros.

A esas alturas el grupo que pasaba a nuestro alrededor me parecía inofensivo y profundamente simpático. Con María nos mirábamos entre la gente y avanzábamos poco a poco.

Ya a escasos pasos de que se acabara el pasillo, vi a los últimos dos hombres, que venían con todo descaro tomando piscola en vasos de plástico, conversando a toda voz. Caminaban más o menos a 3 metros del resto del grupo. En ese momento salimos como “eyectados” de la masa, quedando frente a los últimos dos. Con María tuvimos una especie de reencuentro: con sonrisas o movimientos de cejas, gestos con los brazos o con la cintura, nos saludamos y nos felicitamos por haber salido de la turba con vida. Todo eso nos lo dijimos aprestándonos al encuentro con los últimos dos caminantes.

Entonces los miramos a los ojos. Venían caminando con sus piscolas y un cigarro encendido, conversando en voz muy alta. Notaron nuestras miradas y nos miraron también, sin dejar de caminar y conversar. Uno de ellos gritó “buena chiquillos”, y muy alegremente me tocó el hombro sin dejar de avanzar, como empujándome un poco para que yo siguiera caminando. Tal vez incluso felicitándonos por haber sobrevivido al mar de gente. Mi hermana le respondió en los mismo términos, dijo algo así como “buena”, y seguimos caminando.

Quedamos muy contentos con el extraño y bailable suceso, y empezamos a comentar lo que pasaba en ese mar carnavalesco con el que nos habíamos cruzado, que nos había dejado tan alegres, con tantas ganas de llegar a casa y de bailar con mi mamá, con mi cuñado, con el suegro de la María.

Íbamos así, enfiestados, con bolsas con el pisco, la bebida y el hielo, cuando notamos que pocos metros más allá de los últimos dos hombres se acercaba una patrulla de carabineros. Iban con las luces apagadas, avanzando detrás del grupo, a unos 40 metros. Poco antes de cruzarnos con la radiopatrulla, ésta se detuvo y se bajó un carabinero.

Nos preguntó inmediatamente por el contenido de nuestras bolsas. Mi hermana iba a decir que llevábamos el pisco, pero yo la interrumpí. Le dije rápidamente al cabo que íbamos a la casa de mi madre, que soy detective y que tenía que pedir refuerzos si quería detener a ese grupo. Pero no me dejó terminar. Me dijo “qué vai a ser detective voh”, y me redujo. Yo no opuse resistencia y dejé que inmovilizara mis manos mientras otro carabinero tomaba a mi hermana por los brazos.

En todo caso con mi hermana seguíamos alegres, queríamos explicarle a los carabineros que no teníamos nada que ver con esos borrachos, pero nos inmovilizaron y nos metieron a la radiopatrulla, sin esposarnos, dejando el pisco, la bebida y el hielo, en los asientos delanteros. No pudimos darles ninguna explicación porque no hay comunicación entre ambas parte del carro policial, así que esperamos pacientemente a que nos trasladaran a la comisaría. En ese rato María sacó su celular y llamó a nuestra madre, tratando de explicarle lo que había pasado, pero todo era confuso y sólo pudo decirle que íbamos a la comisaría, a la 51 de Pedro Aguirre Cerda. Luego conversamos sin parar todo el camino, terminamos incluso muertos de la risa imitando el gesto con el que conversaban los caminantes.

Llegando a la comisaría tomé las riendas del asunto. Al bajar de la radiopatrulla le dije al carabinero que soy detective y que debería estar deteniendo a ese grupo, no a mí. El carabinero seguía sin creer en mi calidad de detective. Pero yo seguía de buen humor y decidí esperar hasta poder conversar con un carabinero de mayor rango.

Recién entrando en la comisaría, el mismo carabinero que me había tomado detenido requirió mi carné de identidad. Yo aproveché de sacar mi credencial de detective de la billetera. El pobre carabinero nada más verla supo que había cometido un error. Me pidió excesivas disculpas, que yo y mi hermana aceptamos inmediatamente, pero nos dijo que, por procedimiento, tenía que ingresar nuestros datos de todas maneras en una ficha de la comisaría.

Tras anotar nuestros RUTs nos ofreció ir a dejarnos a casa. Aceptamos y en el camino nos cruzamos con el grupo enfiestado, que parecía un poco más pequeño, tal vez porque los veíamos desde lejos. Los carabineros doblaron para no cruzarse de frente con ellos y los oí comentar que los borrachos caminaban sin rumbo aparente. Con la María se nos ocurrió que estaban carreteando mientras pasaban a dejar a cada uno a su casa, y estallamos en carcajadas.

Al bajarnos en nuestra casa, el carabinero nos dijo que irían inmediatamente a tomar detenidos a algunos de los caminantes. Yo le sugerí ser más cauto y seguir “espiándolos”, asegurándose de que no cometierean ningún otro delito, más allá de la falta evidente que estaban cometiendo; o bien podía pedir refuerzos para acometer una pesquisa más compleja, cosa que desestimamos por el alto grado de preparación que requeriría. Prometieron seguir “espiándolos”, pero nos imaginamos que de todas maneras tomarían detenido a algunos de ellos.

A tres meses de este suceso, en una revisión protocolar de las fichas de la 51 Comisaría de Pedro Aguirre Cerda, alguna funcionaria policial ingresó mi cédula de identidad al sistema y encontró que yo soy detective. Se inició un proceso para aclarar la situación y, a través de esta misiva, quiero dar fe y declarar bajo juramento que lo relatado anteriormente es fiel a la realidad.

Antonín Renal Vega Tribel
Subinspector PDI

domingo, 13 de abril de 2014

La loquita me dice "oe, como que estuviera temblando". Estamos parados en ahumada, esperando la verde para cruzar la alameda. Respondo: "aondestamos paraos aquí con el metro debajo, como arriba de un subterráneo... como sobre una plataforma". Nunca nos habíamos visto pero me cayó simpática la loca, y como no respondía nada la dije "¿o no?".

"Ahhh no cacho, no soy de acá".

Yo le iba a preguntar que de dónde era, pero miró pa otro lado. El viento le movía los mechones crespos. Ahí caché que no era tan lola. Era como de 36, aunque juvenil. Siguió no mirándome casi hasta que dieron la verde peatonal. Un segundo antes me miró, increpándola yo inmediatamente con un "ahh no erís de acá".

"No".

"Se nota", le digo, y en el instante mismo que el semáforo cambia a verde, una treintena de personas salimos  caminando rápidamente para alcanzar a cruzar la alameda, pa no quedarnos en el bandejón central cuando pongan de nuevo la roja. Mi comadre no se movió. Quedó mirando con gesto interrogante el apurado caminar de los santiaguinos, demoró en partir, tropezó un poco y caminó lentamente para quedar en el bandejón central cuando dieron la roja.

Antes de internarme por arturo prat miré hacia atrás. Ahí parada en el bandejón, con las micros pasándole por la cara, ví a una dignísima mujer que buscaba algo en su cartera: para no aburrirse, buscaba algo en su cartera, y luego, feliz de no encontrar nada, volvió la mirada al frente, a esperar la verde, llena ahora de la más bella dignidad, entregada al placer infinito de la más alta dignidad humana.