lunes, 7 de agosto de 2017

Estrategia contra el mundo

Todo esto comenzó inspirado por la cotidianidad y el contacto a la distancia, nos contábamos algunas cosas entre ellas algunos sueños. Decidimos que este ultimo era un relato constante que nos gustaba escuchar y repetir, por eso es que abrimos una pestaña que nunca más cerramos, en donde narramos todo aquello que pasaba dentro de nuestros párpados. Poco a poco se nos fue difuminando la propiedad o pertenencia de nuestros onirismos. Cada vez era más difícil dilucidar si el sueño era propio o de nuestros compañeros.  De igual forma conseguimos reunirnos en largas asambleas, guardando actas entre archivos akashicos, tomando decisiones y resoluciones que inevitablemente terminaban en la empresa de la insurrección.  Es así que logramos conseguir doblar el tiempo por si mismo. De buenas a primeras comenzamos a torturar a Jaime Guzman, sin embargo notamos que en cada tormento, nuestro degenerado rehén  se sentía pleno, buscaba ser castigado y martirizado, buscaba en cada sueño que lo crucificáramos. Pensaba entonces que cada sueño era una oportunidad de redención.  Largas asambleas nos tomó notar que la mejor forma de atormentar al diseñador del Chile neoliberal era la de generale placer y culpa.

El resto de las acciones atentados que hemos mauinado por medio de la manipulación del inconciente colectivo y el tiempo espacio, son consideradas secreto por parte de la organización y no serán dados a conocer por lo pronto.



lunes, 17 de julio de 2017

Sepan disculpar la exageración

Lo decidí, cabres.

Ustedes se acordarán, el gordo iba manejando el carro de su taita casi sin embrague, por el antiguo camino del Inka, a la altura de San Francisco de Mostazal. La Mora llevaba su cámara en ristre y usaba un polerón verde bordado, con el que sueño a menudo. El mono iba adelante y usamos su micrófono tascam para grabar unos poemas. Se me ocurrió leer Los Neochilenos, pero entonces teníamos atenuada la sensibilidad feminista a que nos empuja la realidad, y lo celebramos, yo diría que el gordo se emocionó pensando en Pancho Ferri, en el jazz obrero de un Valparaíso lumpenproletarizado. El mono había sido papá hace poco y entonces los años eran otra cosa, como un cuentakilómetros o una partida de ajedrez. Todo nos remitía a la máquina, al auto, al motor, o sea, al movimiento.

Ahí lo decidí, cabres.

Fue en ese momento, yo no sabía que íbamos a perder esas grabaciones, pero de lo muerto dolorosamente es mejor hablar en soledad.

Era La universidad desconocida, pero también los poemas de juventud. Estaba todo contenido en ese viaje. Bolaño, la métrica, el calor del pavimento, la sierra del poniente a la que llamamos cordillera de la costa, Marchigüe (¡diez veces venceremos!), pikunche, las flores, el vino y el arrojo, que es lo contrario de la certeza, es la caída de Altazor pero sin lenguaje. No sé ustedes, cabres, pero para mí ése fue el momento.

Quizás no haya sido una decisión sino un llamado.

Ahora voy empujando el pedal acelerador nuevamente, curvas al sur, por todo lo que sea camino costero. Eché una selección de mis libros, y no traje mucha plata.

No traje el Tarot ni mi mate, mucho menos el celular o el computador. Escribo esta carta en mi cabeza mientras la recito como si fuera un dictado de la conciencia, como si un órgano oculto de mi cuerpo secretara la más saludable de las cocaínas. Los amo, cabres, porque esa vez fuimos uno, aunque hacia afuera todo haya sido pinos y eucaliptos. Fuimos uno y todo, cada une de nosotres. Había cuarzo en la superficie del suelo y nuestro hogar existía, resultó ser una casa derruida, estancos sus marcos sin vidrio y la presencia de un horno que haría las veces de escritorio o dormidero. Chillán del treintainueve, Valdivia sesenta, Allende y el setentaiuno, año ochentaicinco o veintisiete efe. Todos los carámbanos ardiendo en las vigas de esa casa, toda la historia de la poesía chilena en los marcos herrumbrosos de nuestra sede.

Luego dio lo mismo el futuro, el mañana, la mentira. Así como el pasado no significó más que un espectro cuya viscosidad derrite el alma cuando se está débil ante las tumbas de la voluntad.

Nuestra risa y nuestro llanto fueron la misma cosa: el carnaval.

Ahora voy acelerando, como les decía, voy yéndome de la casa familiar, de la comuna de La Florida, de la capital metropolitana del gran Santiago. Y no queda nada de lo que se pueda decir que vale la pena. Mucho menos hacia adelante.

Voy solo pero con todos los que amé. Soy un jardín infantil abandonado, una ronda de niñes literalmente perdides. Una comisura abierta hasta lo exangüe. Soy todo lo que no tiene palabra.

Y los amo, cabres, ahora que soy la máquina. Y esto lo entendí leyendo Los Neochilenos de Bolaño cuando el gordo aceleraba en quinta por la cinco sur a la altura de San Vicente de Tagua Tagua, sin opción de retornar, enfrentando la más desoladora de las pasiones, que es el pasmo o la revelación.

domingo, 16 de julio de 2017

una gorda de cien kilos ¡con síndrome de down! se está columpiando a toda velocidad yo la vi desde la micro aquí a la vuelta en plaza victoria la maniobra es evidentemente peligrosa el columpio hace casi 180 grados y yo en la micro el heladero vendiendo sus helados los niños jugando alrededor y la gorda cada vez más rápido ¡se va a matar! ¡se va a morir! ¡manso accidente! pero voy atrasado no me voa bajar a ayudarla tampoco no somos así los chilenos la micro sigue la pierdo de vista sólo espero algún día dejar de sentirme chileno

lunes, 10 de julio de 2017

Apreciaciones tras una partida de Resistencia Nativa.



Esta comunicación tiene por objetivo comentar nuestra experiencia al jugar Resistencia Nativa, juego de mesa editado por WithinPlay (?), en el que un bosque nativo se enfrente a la invasión de un bosque exótico.

Fue un agrado, weón, bacán, nos gustó, lo colores y todo, súper bonito, entretenidas también las descripciones, la variedad de cartas para jugar, las dinámicas son interesante, el paso del tiempo, etcétera.

Pero de pronto el tablero se empezó a llenar de semillas, y pusimos tantos árboles que literalmente se acabaron las fichas de los árboles, cosa que nos dio mucha pena, porque se dificultó el juego, con tantas fichas por todo el tablero costaba incluso manipularlas.

Nos pasó a los dos, yo no tenía frutas y tú no tenías mamíferas, rápidamente cada uno se quedó sólo con un tipo de semilla a dispersar.

explica súper bien el fenómeno ecológico, alguien que juega a esta puede verlo como difusión científica, es como una enseñanza rápida de los procesos del bosque. al final me gusta que jugamos un rato y ahora mirándolo de lejos hay como un bosquecito a´hi arriba del tablero. quiza seria bueno que hubiera una forma más clara de terminar el juego, más invasiva, más violenta, en nuestro tablero quedó un ying yang, claro, meh

primero en el lado rojo en el de las exógenas hay un gran campo de cardos, en total 8 cardos, y un solo pino insigne, que fue el primero de la partida. pero también hay otro pino insigne que está al otro lado del cordón de rocas. claro el lado de las plantas nativas tengo uno que otro amor seco, unos tres, y al rededor un conjuntos, incluso un biombo climático de grandes árboles, cinco en total. y al otro lado, en medio del cardal, sin espacio para dejar semillas a los lados, logré llevar un amor seco.

A futuro esperamos una versión para adulto con el tablero más grande. imagínate dos negros estadounidenses de esos que son grandotes pon weón, con las medias manos, tratando de jugar la weá.


Simplificar el sistema de semillas y usar semillas de verdad. de fácil acceso, como porotos y lentejas.
incluso una modalidad en que el perdedor pierde las semillas con las que jugó.


Pensamos en un formato que tuviera cartas de que alteraran las condiciones climáticas, aleatoriamente en el paso de cada turno.

viernes, 30 de junio de 2017

Reverberación injustificada de Holztek (de Marripinda acá no va encontrar nadita)

En el que ahora es el departamento de la Rara, ahí escondimos los grabados po, en la villa, en la calle Pericles. Fue el... ¿2011? Yo estaba loco en esa época, estaba tomado por el mal rencor, vino de buitres, y mis compañeros eran unos payasos grandilocuentes que decían que iban a matar al presidente pero no tenían un arma ni sabían disparar.

Katya nos movilizó. Ella fue quien todo el tiempo sostuvo el vigor, la articulación entre paso y paso, fue la coordinadora espontánea o magistral directora de una sinfonía nunca escrita pero que siempre estuvo esperando su orquesta imaginaria.

Katya dijo: hay una alumna en mi clase, es hija de un gerente bancario. Le preguntamos, pasándole el faso que corría, si acaso pensaba en un secuestro, que nos dijera antes para apagar los teléfonos. Katya dijo: no es necesario, si aquí nadie va a hacer niuna weá rara. Acto siguiente, nos gesticula que vamos a la pieza los cuatro, piola, callados, hablando cualquier weá. Cantando 31 Minutos.

Katya entra la primera y se queda en la puerta. Yo paso luego, después Bertolo, de ahí el Mono, y entonces Katya cierra la puerta. Nos dice que necesita que ayudemos a una amiga de ella. Una amiga que quedó embarazada, que tiene que abortar y no tiene niuno. Que, además, el culiao que la dejó embarazada la anda buscando pa pegarle. Y que ella (la amiga) tenía un negocio casi hecho, pero ahora no lo puede hacer porque se está fondeando y encima necesita abortar. Katya finaliza diciendo con una aseveración inescrutable que nosotros somos los únicos que la podemos ayudar.

Yo, con lo que dijo, sabía quién era la amiga de Katya, y por lo tanto también sabía quién era el hijo de yuta que la andaba persiguiendo, un weón cuático amigo del 50, pero de todos modos Katya no había acabado de decir cómo teníamos que ayudarla. Bertolo diría que sí a lo que Katya pidiera. El Mono presentaba un rostro de sospecha ante una propuesta que se iría desplegando poco a poco.

Dijo Katya: esto es todo lo que tienen que saber por ahora, si aceptan ayudarnos, chiquillos. Mi amiga tiene un negocio cerrado con una señora del sur que le va a comprar unas obras por mucha plata. Y el papá banquero de mi alumna tiene las llaves del lugar donde están esas obras. Yo les voy a pasar las llaves y ustedes tendrían que hacer todo lo que falta, ir a buscarlas, traerlas pacá pa mi departamento, guardarlas bien y, en dos días, uno de ustedes las lleva al sur, recibe las lucas y se viene.

El Mono, antes dudoso, sonríe y dice: hermana, yo estuve en situación similar hace dos años, yo voy aunque sea peligroso, además considerando que no hay mañana. Ante esa afirmación de la vida, no pude ser menos y le dije con la cara llena de risa: compa, yo igual voy. Bertolo dijo, simulando su disgusto aunque creo que más bien temeroso: obligao. Eso, que iba obligao. Pero que necesitábamos un auto y plata pa la bencina.

Naturalmente, Bertolo era el chofer.

Katya dijo: gracias cabros. Yo sabía. Tranquilos con eso que ya está cubierto. Ahora salgamos y carretiemos, tenemos que juntarnos mañana en la entrada de Alemán del Peda a las 11 de la mañana. En punto, cabros. Porfa.

Confirmao, dice Bartolo. Asentimos.

Esa noche vacilamos varios vinos, sin hacer referencia alguna a la nave de locos en que habíamos acabado de subir. A alguna hora, Katya tomó un vaso largo de agua y salió. Despertamos a las 10, llegamos faltando dieciocho minutos a Eduardo Castillo Velasco con Doctor Johow. Bertolo prendió faso y al acabarlo ya estábamos frente a la Katya y una Mitsubishi Katana doble cabina que decía Vehículo Estatal, Ilustre Municipalidad de Vitacura. Subimos, yo y el Mono en los asientos de atrás. Bertolo de piloto, Katya de co.

Dice Katya: ¿los celulares en la casa? Ya. Ahora vamos por Bilbao parriba hasta Tomás Moro, de ahí te voy indicando con la mano pa qué lado. Tranquilos, cabros, que es feriado, anda todo el mundo en la playa, los pacos van a estar viendo el partido y en la mañana probamos varias veces que las alarmas del lugar están bien desactivadas. Tú, gordo, ponte esta chaqueta. Dice "Sea un vigilante más en su comuna". Chiquillos atrás, pónganse estos guantes y saquen de ese estuche los delineadores. Tienen que pintarse unos ojos arriba y unos ojos abajo de los ojos, así las cámaras van a pixelar sus caras. En el suelo hay overoles que dicen Municipalidad de Vitacura, eso les cubre toda la ropa, también hay un jockey y un gorro del Colo Colo. Pónganse todo porfa. Yo voy a abrir todas las puertas, tú gordo conduce tranquilo, vamos a ir escuchando el partido en la radio. Somos funcionarios de la Municipalidad de Vitacura, yo soy la Catalina Eguigurraguen, jefa del área de Cultura, pero cualquier weá ustedes me tratan de jefa no más.

Llegamos a lo que parece un parque privado. Katya abre un portón con un control remoto. Desde una caseta, metros adelante se asoma un funcionario, Bertolo baja el vidrio y lo saluda, le dice: "dos cero ganamos hoydía, ¿síonó?". El guardia simplemente paró su cuerpo pero no despegó la mirada de la tele donde veía el dinámico encuentro dizque deportivo. "¡Vamos Chile!" nos grita, con verdadero y triste entusiasmo. El gordo entra el brazo, cierra el vidrio y dice "¿vamos Chile? Puta qué pena el viejo culiao". Detiene la máquina distando unos cuatrocientos metros parque adentro, es tremendo terreno, todo lleno de árboles y aves. Frena, pone los cambios en neutra pero no apaga el motor. Ya, cabros, anuncia Katya. Ustedes están listos, están vestidos, yo voy a abrir esa puerta de madera, entran conmigo, yo ando sin guantes, ustedes entran, sacan los paquetes que yo les apunto, los agarran y nos subimos a la camioneta, nada más. Y nos vamos de vuelta pa Ñuñoa.

Contra nuestras expectativas de peligro, la acción se ejecutó más o menos según las indicaciones de Katya. Los paquetes eran tubos de cartón que decían Itaú en un costado, y tenían un código QR. Yo subí dos, el Mono cuatro. Todo a los pies de los asientos de atrás. Katya cerró, encendió un Philip Morris corriente, y subimos al vehículo. Al pasar por donde el viejo, aplaudimos literalmente, mientras Bertolo le dijo con imperceptible sorna: "¡Lo más grande Vidal!".

Pasamos las dos noches en casa de Katya, en una dinámica similar de beber vino y agua, fumar marihuana y tabaco, y comer pan con mantequilla, naranjas y kiwis. Bertolo leía el "Relato de un náufrago" de García Márquez. Yo preferí ver unos extraños dibujos animados que descubrí en el tan inquietante como sorprendente Cartoon Network. El Mono le preguntó a la Katya si no prefería que hiciéramos algo para sacar del camino al macho anarquito que quiere pegarle a su amiga. En la noche, Katya se me acercó y me convenció de ir yo al sur. Su modo de persuadirme fue leyéndome un poema de Jorge Teillier que hablaba de un cabro que confunde el ruido de un barco con el de un tren. Me pasó doce billetes de cinco lucas y me dijo: el martes los ratis van a haber bajado la guardia de nuevo, te vas en el JAC de las 22.30, el que no para en Temuco. La mercancía estaba en un portamapas y en mi mochila iban libros y apuntes para pasar como el estudiante que soy.

El resto de la historia la conocen.

En Valdivia nos capturó un rati y nos decomisó la mercancía y el dinero, que obviamente se guardó para sí a cambio de dejarnos libres. Sin embargo, la señora pagó 5 millones por un solo grabado: el de san Eustaquio, consagrado al gran anatomista del Renacimiento, Bartolomeus Eustacchius.

De los quince grabados de Albert Durer que robamos de la Corporación Cultural Itaú de Vitacura, nos quedaban otros catorce esperando compradores en el departamento de Pericles de la villa Olímpica.

Volví a Santiago sin cola y con las piernas temblorosas.

Les conté todo a los cabros. Katya dijo que había prisa por el dinero en relación a la urgencia de la compa, así que ella iba a conseguir comprador. Al día siguiente, se presenta en el departamento el profesor Cristóbal Holzapfel, a quien yo conocía porque me había hecho unas clases muy repetitivas cuando estudié filosofía en el Pedagógico. Holzapfel trae una mochila deportiva Lippi consigo, adentro de la cual vienen cinco millones de pesos en billetes de diez mil. Me dice que él hace esto no porque acostumbre a cometer delitos ni porque le guste el riesgo, sino por amor a su madre, que en realidad es el amor a la tierra, al origen. Que él siempre pensó que era alemán, pero que hace unos días, después de un incidente que dijo que tuvo (me percaté que tenía una herida en la ceja) se le habían caído todas las certezas. Yo tomé la mochila, la abrí y conté los cinco turros de a un palo que trajo Holzapfel, y le pasé su portaplanos. Entonces nos quedaban trece y ningún comprador.

Katya voló con el dinero donde el maldito especulador de misoprostol + mifepristona. La amiga se sanó y se viró a una okupa en Córdoba, Argentina, donde hacían circo. Al imbécil que la perseguía lo atropelló una camioneta blanca pocos días después, no murió pero quedó sin cuerpo útil. Holzapfel dejó la universidad y se fue a vivir a Valdivia con su madre, hasta que ella devino cadáver el año pasado. Antes que se fuera a vivir la Rara a Pericles, sacamos los trece grabados que quedaban y los trajimos a este yate frente a Quintero, donde no censan, no cobran luz ni agua, y nuestro amigo el rati cada tanto nos trae libros y provisiones, y ahí vamos transando las condiciones con que le vendemos cada tanto un grabado del Durerito.

jueves, 4 de mayo de 2017

La Furia de Caronte

En la esquina de Salvador Sur con Sócrates, pasaba el recorrido de la 532.  No era muy frecuente, ni consistente en su continuidad. Sin embargo nunca pasaba en vano y siempre subían uno o dos pasajeros.  El único destino del bus era el reino del Hades, esta no es una forma poética de nombrar la nefasta ciudad de Santiago, ni una metáfora que premonizara la muerte a quien la abordaba, era literal.

Esa micro llevaba al mudo de los muertos, donde alguno de los habitantes de la Villa tenian que ir a hacer tramites.  El vehículo era conducido por el misisimo Caronte. Las malas pulgas de este choferes eran legendarias, o mejor dijo mitológicas. Pero un hecho en particular causó una furia que lo alejó por primera vez y definitiva de las labores del traslado al reino de los muertos. El cambio de sistema de transporte fue algo que Caronte quien fuera de hábitos fijos, simplemente no soportó la mayor afrenta para el fue el cambio de efectivo a tarjeta mágnetica.

La primera vez que validaron al subir. Caronte entro en colera gritando: !Antes me pagaban con una moneda de oro, o de plata! Me costó aceptar el uso de monedas locales. Pero ¡¿esto?! que mierda voy a hacer yo con lucesitas que se prenden.

Caronte se bajó del vehículo maldiciendo a los tecnócratas y a los degenerados humanos modernos.
Abandono su micro y se fue sin que nadie sepa donde.

Dioses de mayor rango han intentado ejercer presión para su retorno.  Pero solo han logrado cartas formales del consulado de Grecia que no tienen un destinatario claro y se acumular entre cajones administrativos.

crono

como después de cada ducha, estaba haciendo mis ejercicios mentales para prevenir el alzheimer, en esta oportunidad: probando vestirme con los ojos cerrados, tarea para la cual había dispuesto todas las prendas que iba a ponerme ordenadas en la cama, incluído banano, talco para pies y desodorante. finalizada esta tarea, no tan sencilla, decidí ver la hora en mi reloj de pulsera (obvio que me lo había puesto en la muñeca contraria), pero noté que la manecilla roja del segundero no avanzaba. por mi mente pasaron una decena de recuerdos donde golpeaba el reloj contra una puerta, contra la baranda de la micro, contra una pared o etcétera. el último golpe había sido recién, con los ojos cerrados, contra el clóset.

sin indicador para constatar el paso del tiempo me sentí muy nervioso. ¡yo! ¡yo que inventé el tiempo! ¡yo, que le di el puntapié inicial! ahora ni siquiera puedo usar mi reloj. ¡mi reloj de pulsera roto en mil pedazos! me fui caminando de espaldas a la cocina, me preparé un café con la mano diestra metida en el bolsillo. prácticamente me lo lancé en la cara, con la boca abierta, encestando tal vez tres cuartos de la porción, sin azúcar. empapé mi meñique izquierdo con saliva para meterlo luego en el tarro de café: una puntazo extra, que saboreé desde debajo de la lengua, pa terminar de despabilarme.

finalmente logré salir de la casa. el día espléndido me sorprendió con una temperatura invernal perfecta para mi casaca de polyester. portaba una decena de láminas intercambiables con las que iba a hacer un gran negocio estafando a unos prepúberes que había conocido la tarde anterior, humanos macho de proporciones adolescentes fanáticos de la empresa deportiva FIFA que coleccionaban las láminas de un álbum de hace veinte años, editado por la empresa SALO, cuyo título era Álbum Francia '98. ellos no saben con quién van tratando, así son sus vidas, viven entre pantallas y productos, en torno al comercio, a modas internacionales ("primermundistas"), son moralmente más cercanos al neoyorkino promedio de las películas de bridget jones que al joven de la pobla que intentó retratar, con tan poco tino, tiro de gracia en la época en que se editaba el álbum.

la reunión con los jovencitos no era cerca. miraba a cada rato mi muñeca izquierda, vacía, entonces recordaba que me había puesto el reloj en la muñeca derecha para prevenir el alzheimer, así que miraba mi muñeca derecha y venía la manecilla roja del segundero detenida, como si estuviera pasando de nuevo, como si tuviera que repasar ese momento infinitas veces, darme cuenta una y otra vez de lo mismo, como si no fuera yo quien controla el tiempo que pasa sino lo que pasa lo que me controla a mí. iba sumido en cavilaciones ad-hok a la angustia que me provocaba todo esto cuando apareció, os lo juro, el zorzal más grande del mundo. ¡cómo se extiende su canto, dios mío! iba pasando por fuera del estadio, en una zona relativamente arbustiva, con mucho pasto, y el ruido de su canto invadió en un instante toda la construcción olímpica, la pared monumental del estadio, los edificios tipo block de enfrente dieron asimismo un eco afinadísimo del reclamo del ave. extasiado por tanta belleza comencé a hacer planes mucho más optimista. iba a obtener ahora sí un buen cambio por las láminas y tenía grandes planes para el efectivo.

eran prácticamente unos niños. trece años de chileno ratón que exactamente a las doce del día me esperaba en el acceso del supermercado de la compañía nacional unimarc. se escuchaban desde lejos las campanadas de la iglesia la redención de cristo, creo que es la segunda iglesia más grande de todo puerto montt. todos estos edificios de cuatro pisos alrededor del estadio y tan cerca de la iglesia generaban una corriente sonora que arrastraba el ruido hasta muy lejos, y yo, que nunca había estado ahí, me sorprendía, aunque no quiero exagerar: era interesante pero tampoco demasiado sorprendente. qué más da.

el negocio impensable me costó veinte años de vida. ¿de dónde creen estos infantes que saqué las láminas? sé que no tengo el control de la nada ni del todo pero ir veinte años adelante o atrás es una bobería insignificante, lo más difícil es digerir los cambios idiomáticos (las cosas eran grosas, la gente era del sí o del no). había estado en el kiosko preciso, el mismo que podrían haber usado ellos, ¿no les gusta tanto el libremercado? finalmente les muestro las láminas y me dicen que no me las pueden pasar hasta que mire mi reloj de pulsera. ¿qué se creen estos imberbes? ¿tienen siquiera pelos en las axilas? pero miré el reloj, lo miré de todas maneras y volví a constatar tristemente que la manecilla roja del segundero seguía detenida, muerta, llanto y lamento, crisis de angustia, ataque de pánico o similar, una adrenalina que me sube por el pecho. a gritos furiosos les pregunté si acaso iban a comprar las láminas o no, entonces el petizo me pasa el papel moneda correspondiente diciéndome que no estoy en el lugar correcto, que tengo que mirar el reloj en el lugar apropiado para ver cómo las cosas avanzan, o cómo puedo yo constatar el avance de las cosas o bien: etcétera.

tomé los billetes y salí corriendo, crucé varios blocks, un parque, no sabía dónde estaba. sabía que tenía que dar vueltas, dirigirme al sur, pasear y pasear, esos eran mis grandes planes para el dinero, buscar por instinto o por olores o por sensaciones táctiles. atento a los sonidos estuve por tanto rato que finalmente lo escuché, era un loco que me decía flaco andai buscando un mono, y al escuchar esa palabra saltaba algo dentro de mí, se me hacía agua en la boca la palabra marciano, antebrazo, catapulta. a cómo era que lo teníai le dije mientras me miraba la muñeca izquierda, recordaba lo del alzheimer, me miraba entonces mi muñeca derecha y ahora sí, avanzaba, se había echado a andar hace casi dos minutos. ¡mi reloj de pulsera de vuelta a la vida! ¡el paso del tiempo constando en este aparato minúsculo, aferrado a mí!

con el mono todo volvió a la normalidad. chanté antenazo o antebrazo, no sé qué palabra usan, y pude finalmente volver a la china, al japón septentrional, al desierto de namibia, la selva de oaxaca, la valdiviana y la camboyana, volví al lago chad, al mar muerto, la estepa siberiana, la pampa, las rocallosas, los urales. finalmente de vuelta en mi trono, al centro del Olimpo, yo, que inventé el tiempo, que dí el puntapié, de vuelta en mi sitio infinito, incapaz de dejarlo nuevamente. es cierto, me dolía la cabeza, era una punzada directamente en la zona del tercer ojo, dolor agudo, también infinito. pero estaba en mi trono, recién duchado, y había hecho todos estos ejercicios para prevenir el alzheimer, dichoso.

en eso aparece el loco del mono y me dice: ¿Oe y a voh por qué te dicen crono?

martes, 2 de mayo de 2017

Evaristo y yo


Mi relación con Evaristo Castro era de franca cordialidad. Sin embargo no existía la remota posibilidad que pudiésemos ser amigos. Entramos en misma generación a la facultad, pero nuestros intereses y perspectiva de la vida eran tan distintos que no había lugar de encuentro. En los años inaugurales de la universidad intentamos conversar un par de veces. Sin mucho éxito, por fortuna entre ambos siempre hubo un vaso de alcohol para cubrir los silencios incómodos. Por otra parte nuestros intereses y perspectiva de la vida eran tan distintos que no había lugar para el antagonismo. No se me ocurre un motivo lógico por el cual enemistarnos. No, claro que no. Entre nosotros solo puede haber cordialidad, lo suficiente como para no ignorarnos, pero tampoco como para tener nos afecto alguno. Sin embargo hay un hecho circunstancial que nos hermana. Nos encontrábamos recurrentemente en el baño, en cualquier baño, a veces lavandonos las manos, o en los urinarios, o en la puerta con uno saliendo mientras el otro entra, o el otro saliendo cuando el uno entraba, anecdóticamente nos encontrábamos en el baño de un local, o meando en un árbol. Nos saludabamos siempre con cordialidad, con una sonrisa incomoda, pero cómplice, rara vez nos dábamos la mano. Jamas me lo encontré en el marco de la caca ( por decirlo con respeto) alguna vez estuve sentado pensando que Evaristo podría estar en el cubículo de al lado, pero nunca. Nuestra sincronía es de vejigas , más no de esfínteres. De todas formas se que algún día y algún día después de ese día me encontrare en un baño cualquiera en una ubicación azarosa a veces meo y pienso: "este weon debe estar meando" y tengo la certeza que el debe pensar lo mismo.

viernes, 14 de abril de 2017

Todos los restos del recuerdo que graba la piedra.

El despliegue del viento fue lo ultimo que oimos cantar. Se desplegó el deseo de suprimir las desgracias que engendran las manos y sus maquinas

 El viento sur, remeció el final de los cariños, quedaron inconcientes todos los restos del recuerdo que graba la piedra.
quedaron dormidos todas los alucinados por las promesas del capital.








soñaron con fuego y se quemaron las manos, apostando por un futuro imperecedero, construido sobre los simientes de la descomposición. La madera mordida por las termitas nunca logró refugiar a los amigos,

Se incendiaron todos los reduerdos de lo sagrado, la ceniza se ungió sobre los ojos de los ciegos. La orgía de los clérigos colonizadores fue un festin putrefacto para los labios de la piadosa abuela muerte.