domingo, 22 de junio de 2014

Anec dot

Le compré un parche pitara a mi tiburón tigre, así podría recolectar un 5% más de oro cuando devorara a sus presas. A eso jugaba yo en el baño de la pega, a veces iba a puro jugar estos jueguitos que saben súper bien como enviciarte con una tonterita. El asunto es que hace una semana que tenía yo el tontoteléfono, lo último en degeneración tecnológica, de esos que en tu mano son como el futuro y tienen más tecnología que la que en su momento tuvieron las misiones espaciales de la Sputnik, el apolo 11 y la perrita laika juntas.

Ese día el despliegue de tecnología se daba ademas por el evento deportivo del mundial de pelotapata en Bolivia del este. Jugaba la selección nacional con el ex campeón del mundo, salimos a comprar pizza y luego todos en la oficina vieron el partido en una tele traída desde una casa. Yo lo ignoré completamente, a pesar de tener la mejor ubicación.  La selección ganó el partido y todos celebraron, a mí me importó una wea.

Cuando terminó la jornada reclusión laborar obligatoria, salí a la calle protegido por los programas de ciencia que divulgaban los excampeones del mundo y actualmente eliminados, en los que explicaban el ciclo de vida de las enanas blancas (un remanente estelar que se genera cuando una estrella de masa menor a 9-10 masas solares ha agotado su combustible nuclear). En el camino me horrorizaban un poco las celebraciones facistoides en torno a la bandera, la camiseta y los colores patrios.  Me avergonzó. Los relatos sobre la inmensidad del espacio-tiempo y los ciclos vitales de las estrella no podían protegerme del todo de los gritos ahueonaos y de el himno nacional completo.

Mientras iba pasando en mitad del camino de pronto dejo de escuchar y me doy cuenta que mi celular fue arrebatado de la chaqueta de mi bolsillo con la maestría de un lanza internacional.

Para el partido pasado había visto como entre 5 o 6 cabros tratando de asaltar a uno que iba washo,
y más que seguro que era una buena oportunidad para hacerse con teléfonos ajenos y cosas costosas para los que trabajaran dignamente en ello. Me dio rabia perder un objeto caro y nuevo, pero me daba tanta más rabia tener que aguantar a la turba enloquecida y enardecida, estupidizada. Fuí a buscar un teléfono público para avisar de mi situación, tuve que caminar 2 estaciones de metro para encontrar un lugar un poco menos infestado de hinchas.

Afortunadamente en el camino encontré un plumón negro y con el me puse a rallar las paredes, ahora el enloquecido y enrarecido era yo. Me dejaba llevar por los primeros trazos tímidos e inseguros y al poco rato me puse a dibujar, hacer letras, irme en voladas, dibujé un bisonte como si estuviera en una cueva, escribí mi nombre como lo hice en la pieza de mis padres sobre la cama matrimonial, con un lápiz dorado que nunca logró salir. Como cuando dibujé un pico en el baño de los profesores en el colegio, escribí este nombre, puse una Á y un 5 sobre la frente de todas las publicidades que encontré.

Así logré llamar con la dificultad que me presentaba la tecnología arcaica del teléfono público, que no se ha actualizado en su formato desde que yo era chico. Tampoco recordaba muy bien los números, ni los códigos de digitación. Cuando finalmente logré comunicarme, me retaron por perder el teléfono.  Antes me habían felicitado por obtenerlo, era a cero peso en la compañía y era un proceso casi obligatorio ligado al pago del plan. Yo no entendía ni por qué me retaban, si no fue culpa mía encontrarme con el griterío atontado de la masa contenta, ni por qué me felicitaban si yo no había hecho el teléfono y tener un teléfono celular no era un logro de nada.

Seguí rallando hasta que me encontré con la embajada de Bolivia del este, el país sede de todo el mundial, donde habían matado niños para que los turistas pasaran con sus camisetas nacionales sin encontrarse con la desagradable pobreza local. Rayé la pared y un viejo de mediana edad con pinta de buen ciudadano me dice: ¡Oye!, ¿no estai muy viejo pa andar ensuciando la ciudad?

Destapo el plumón y como si fuera una cortaplumas me lo pongo al lado de la cara, como si lo estuviera amenazando, y le digo:

   -No la estoy ensuciando, la estoy llenando de sentido-, y le pongó tonta Á5 a la embajada.
   -Eso no tiene ningún sentido - dice el buen ciudadano.
   -Hay mucha gente que lo entiende, pero usted no la va a entender - le digo.

Fue lo último que hablamos.

Ustedes, los que han leido esto, son los que entenderán qué es lo que dice sobre la embajada de Bolivia del este. Ustedes sabrán decifrar qué significa todo lo que se dice aquí y en las paredes.



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