jueves, 4 de mayo de 2017

La Furia de Caronte

En la esquina de Salvador Sur con Sócrates, pasaba el recorrido de la 532.  No era muy frecuente, ni consistente en su continuidad. Sin embargo nunca pasaba en vano y siempre subían uno o dos pasajeros.  El único destino del bus era el reino del Hades, esta no es una forma poética de nombrar la nefasta ciudad de Santiago, ni una metáfora que premonizara la muerte a quien la abordaba, era literal.

Esa micro llevaba al mudo de los muertos, donde alguno de los habitantes de la Villa tenian que ir a hacer tramites.  El vehículo era conducido por el misisimo Caronte. Las malas pulgas de este choferes eran legendarias, o mejor dijo mitológicas. Pero un hecho en particular causó una furia que lo alejó por primera vez y definitiva de las labores del traslado al reino de los muertos. El cambio de sistema de transporte fue algo que Caronte quien fuera de hábitos fijos, simplemente no soportó la mayor afrenta para el fue el cambio de efectivo a tarjeta mágnetica.

La primera vez que validaron al subir. Caronte entro en colera gritando: !Antes me pagaban con una moneda de oro, o de plata! Me costó aceptar el uso de monedas locales. Pero ¡¿esto?! que mierda voy a hacer yo con lucesitas que se prenden.

Caronte se bajó del vehículo maldiciendo a los tecnócratas y a los degenerados humanos modernos.
Abandono su micro y se fue sin que nadie sepa donde.

Dioses de mayor rango han intentado ejercer presión para su retorno.  Pero solo han logrado cartas formales del consulado de Grecia que no tienen un destinatario claro y se acumular entre cajones administrativos.

crono

como después de cada ducha, estaba haciendo mis ejercicios mentales para prevenir el alzheimer, en esta oportunidad: probando vestirme con los ojos cerrados, tarea para la cual había dispuesto todas las prendas que iba a ponerme ordenadas en la cama, incluído banano, talco para pies y desodorante. finalizada esta tarea, no tan sencilla, decidí ver la hora en mi reloj de pulsera (obvio que me lo había puesto en la muñeca contraria), pero noté que la manecilla roja del segundero no avanzaba. por mi mente pasaron una decena de recuerdos donde golpeaba el reloj contra una puerta, contra la baranda de la micro, contra una pared o etcétera. el último golpe había sido recién, con los ojos cerrados, contra el clóset.

sin indicador para constatar el paso del tiempo me sentí muy nervioso. ¡yo! ¡yo que inventé el tiempo! ¡yo, que le di el puntapié inicial! ahora ni siquiera puedo usar mi reloj. ¡mi reloj de pulsera roto en mil pedazos! me fui caminando de espaldas a la cocina, me preparé un café con la mano diestra metida en el bolsillo. prácticamente me lo lancé en la cara, con la boca abierta, encestando tal vez tres cuartos de la porción, sin azúcar. empapé mi meñique izquierdo con saliva para meterlo luego en el tarro de café: una puntazo extra, que saboreé desde debajo de la lengua, pa terminar de despabilarme.

finalmente logré salir de la casa. el día espléndido me sorprendió con una temperatura invernal perfecta para mi casaca de polyester. portaba una decena de láminas intercambiables con las que iba a hacer un gran negocio estafando a unos prepúberes que había conocido la tarde anterior, humanos macho de proporciones adolescentes fanáticos de la empresa deportiva FIFA que coleccionaban las láminas de un álbum de hace veinte años, editado por la empresa SALO, cuyo título era Álbum Francia '98. ellos no saben con quién van tratando, así son sus vidas, viven entre pantallas y productos, en torno al comercio, a modas internacionales ("primermundistas"), son moralmente más cercanos al neoyorkino promedio de las películas de bridget jones que al joven de la pobla que intentó retratar, con tan poco tino, tiro de gracia en la época en que se editaba el álbum.

la reunión con los jovencitos no era cerca. miraba a cada rato mi muñeca izquierda, vacía, entonces recordaba que me había puesto el reloj en la muñeca derecha para prevenir el alzheimer, así que miraba mi muñeca derecha y venía la manecilla roja del segundero detenida, como si estuviera pasando de nuevo, como si tuviera que repasar ese momento infinitas veces, darme cuenta una y otra vez de lo mismo, como si no fuera yo quien controla el tiempo que pasa sino lo que pasa lo que me controla a mí. iba sumido en cavilaciones ad-hok a la angustia que me provocaba todo esto cuando apareció, os lo juro, el zorzal más grande del mundo. ¡cómo se extiende su canto, dios mío! iba pasando por fuera del estadio, en una zona relativamente arbustiva, con mucho pasto, y el ruido de su canto invadió en un instante toda la construcción olímpica, la pared monumental del estadio, los edificios tipo block de enfrente dieron asimismo un eco afinadísimo del reclamo del ave. extasiado por tanta belleza comencé a hacer planes mucho más optimista. iba a obtener ahora sí un buen cambio por las láminas y tenía grandes planes para el efectivo.

eran prácticamente unos niños. trece años de chileno ratón que exactamente a las doce del día me esperaba en el acceso del supermercado de la compañía nacional unimarc. se escuchaban desde lejos las campanadas de la iglesia la redención de cristo, creo que es la segunda iglesia más grande de todo puerto montt. todos estos edificios de cuatro pisos alrededor del estadio y tan cerca de la iglesia generaban una corriente sonora que arrastraba el ruido hasta muy lejos, y yo, que nunca había estado ahí, me sorprendía, aunque no quiero exagerar: era interesante pero tampoco demasiado sorprendente. qué más da.

el negocio impensable me costó veinte años de vida. ¿de dónde creen estos infantes que saqué las láminas? sé que no tengo el control de la nada ni del todo pero ir veinte años adelante o atrás es una bobería insignificante, lo más difícil es digerir los cambios idiomáticos (las cosas eran grosas, la gente era del sí o del no). había estado en el kiosko preciso, el mismo que podrían haber usado ellos, ¿no les gusta tanto el libremercado? finalmente les muestro las láminas y me dicen que no me las pueden pasar hasta que mire mi reloj de pulsera. ¿qué se creen estos imberbes? ¿tienen siquiera pelos en las axilas? pero miré el reloj, lo miré de todas maneras y volví a constatar tristemente que la manecilla roja del segundero seguía detenida, muerta, llanto y lamento, crisis de angustia, ataque de pánico o similar, una adrenalina que me sube por el pecho. a gritos furiosos les pregunté si acaso iban a comprar las láminas o no, entonces el petizo me pasa el papel moneda correspondiente diciéndome que no estoy en el lugar correcto, que tengo que mirar el reloj en el lugar apropiado para ver cómo las cosas avanzan, o cómo puedo yo constatar el avance de las cosas o bien: etcétera.

tomé los billetes y salí corriendo, crucé varios blocks, un parque, no sabía dónde estaba. sabía que tenía que dar vueltas, dirigirme al sur, pasear y pasear, esos eran mis grandes planes para el dinero, buscar por instinto o por olores o por sensaciones táctiles. atento a los sonidos estuve por tanto rato que finalmente lo escuché, era un loco que me decía flaco andai buscando un mono, y al escuchar esa palabra saltaba algo dentro de mí, se me hacía agua en la boca la palabra marciano, antebrazo, catapulta. a cómo era que lo teníai le dije mientras me miraba la muñeca izquierda, recordaba lo del alzheimer, me miraba entonces mi muñeca derecha y ahora sí, avanzaba, se había echado a andar hace casi dos minutos. ¡mi reloj de pulsera de vuelta a la vida! ¡el paso del tiempo constando en este aparato minúsculo, aferrado a mí!

con el mono todo volvió a la normalidad. chanté antenazo o antebrazo, no sé qué palabra usan, y pude finalmente volver a la china, al japón septentrional, al desierto de namibia, la selva de oaxaca, la valdiviana y la camboyana, volví al lago chad, al mar muerto, la estepa siberiana, la pampa, las rocallosas, los urales. finalmente de vuelta en mi trono, al centro del Olimpo, yo, que inventé el tiempo, que dí el puntapié, de vuelta en mi sitio infinito, incapaz de dejarlo nuevamente. es cierto, me dolía la cabeza, era una punzada directamente en la zona del tercer ojo, dolor agudo, también infinito. pero estaba en mi trono, recién duchado, y había hecho todos estos ejercicios para prevenir el alzheimer, dichoso.

en eso aparece el loco del mono y me dice: ¿Oe y a voh por qué te dicen crono?

martes, 2 de mayo de 2017

Evaristo y yo


Mi relación con Evaristo Castro era de franca cordialidad. Sin embargo no existía la remota posibilidad que pudiésemos ser amigos. Entramos en misma generación a la facultad, pero nuestros intereses y perspectiva de la vida eran tan distintos que no había lugar de encuentro. En los años inaugurales de la universidad intentamos conversar un par de veces. Sin mucho éxito, por fortuna entre ambos siempre hubo un vaso de alcohol para cubrir los silencios incómodos. Por otra parte nuestros intereses y perspectiva de la vida eran tan distintos que no había lugar para el antagonismo. No se me ocurre un motivo lógico por el cual enemistarnos. No, claro que no. Entre nosotros solo puede haber cordialidad, lo suficiente como para no ignorarnos, pero tampoco como para tener nos afecto alguno. Sin embargo hay un hecho circunstancial que nos hermana. Nos encontrábamos recurrentemente en el baño, en cualquier baño, a veces lavandonos las manos, o en los urinarios, o en la puerta con uno saliendo mientras el otro entra, o el otro saliendo cuando el uno entraba, anecdóticamente nos encontrábamos en el baño de un local, o meando en un árbol. Nos saludabamos siempre con cordialidad, con una sonrisa incomoda, pero cómplice, rara vez nos dábamos la mano. Jamas me lo encontré en el marco de la caca ( por decirlo con respeto) alguna vez estuve sentado pensando que Evaristo podría estar en el cubículo de al lado, pero nunca. Nuestra sincronía es de vejigas , más no de esfínteres. De todas formas se que algún día y algún día después de ese día me encontrare en un baño cualquiera en una ubicación azarosa a veces meo y pienso: "este weon debe estar meando" y tengo la certeza que el debe pensar lo mismo.

viernes, 14 de abril de 2017

Todos los restos del recuerdo que graba la piedra.

El despliegue del viento fue lo ultimo que oimos cantar. Se desplegó el deseo de suprimir las desgracias que engendran las manos y sus maquinas

 El viento sur, remeció el final de los cariños, quedaron inconcientes todos los restos del recuerdo que graba la piedra.
quedaron dormidos todas los alucinados por las promesas del capital.








soñaron con fuego y se quemaron las manos, apostando por un futuro imperecedero, construido sobre los simientes de la descomposición. La madera mordida por las termitas nunca logró refugiar a los amigos,

Se incendiaron todos los reduerdos de lo sagrado, la ceniza se ungió sobre los ojos de los ciegos. La orgía de los clérigos colonizadores fue un festin putrefacto para los labios de la piadosa abuela muerte.

jueves, 13 de abril de 2017

distancia


me convencí de iniciar mi propio start up de producción y venta de huevos de codorniz cuando, desde el bus, avisté una bandada salvaje de más de 20 ejemplares. yo ya sabía que cada pareja de codornices pone un huevo cada doce días, y que cada huevo se vende a 100 pesos, así que habría que tener unas 2,6k codornices para vender 500lucas al mes, y aunque ese futuro era lejano el día que avisté la bandada desde el bus, la idea de atrapar las primeras codornices y empezar a reproducirlas y a conocer los huevos, observar su comportamiento, etc., me llamaba mucho la atención.

obvio que le pedí ayuda al mono. le dije: mono ayúdame a capturar una pareja de codornices silvestres. voh cachai cómo es el mono. se dio manso color con que los pajaritos eran libres, me acusaba de cerdo asesino por no saber ni siquiera diferenciar a las hembras de los machos. tenía razón. me explicó que el macho tiene un copete y la hembras un mohicano. tuve que jurarle de guata cuidar a las codornices como si fueran mi familia, cocinarles para que coman a su gusto, tener los espacios lo más ampliamente habilitados posible y en la medida de lo razonable hacer esfuerzos para que vivan en un régimen de semi-cautiverio.

otra condición del monito para ayudarme fue: prohibición de utilizar tecnología occidental para la captura de los ejemplares. muy bien, le dije, se hará como digáis. estuvimos el resto de la tarde sintiéndonos como adolescentes antes de someterse a la prueba de sus vidas, como en una película, excitados, ansiosos y asustados, revisando desesperadamente en gógl técnicas para fabricar trampas, lanzas, arco y flechas, cárcajs, ondas, boleadoras, proyectiles, jaulas.

salimos caminando desde su casa a la mañana siguiente rumbo a la terminal de buses, donde tomamos la micro San Antonio - San Pedro, hacia san pedro, descendiendo pasadas las 11am en un despoblado, desde el que accedimos a un predio fiscal, un descampado con bosque seco, cuenca del Maipo, principalmente espinos, presencia de arrayán y molle en las quebradas, ya en un sector alejado por así decir de la humanidad, sin ruido.

como era verano, andábamos con pantalones cortos y polera, en chalas, sólo con las monedas para la micro. estábamos ahora frente a la naturaleza casi desnudos. yo agarré un montón de piedras y me puse a caminar. el mono se quedó buscando ramas adecuadas para hacer ¿qué?, ¿una lanza? a lo lejos vi una bandada de pajaritos oscuros que corrían por el suelo. corrí hacia ellos espantándolos, pero alcancé a avistarles el copete. a la segunda o tercera bandada que tuve cerca diferencié claramente el copete del mohicano y me atreví también a lanzarles piedras, con las que no les pasé ni cerca.

de vuelta donde el mono lo encontré confeccionando una red con cuatro palos y hierbas varias. era como un bastidor, con vegetación amarrada en medio de forma desordenada, más o menos de un metro por lado. si lográbamos poner eso encima de una codorniz ya lo abríamos logrado, pero nos era imposible siquiera acercarnos a ellas. probamos varias formas de, sigilosamente, con el viento en contra, lograr aproximaciones al menos razonables como para saltar, o para lanzar el bastidor, sin éxito.

la distancia impuesta por las aves fue la principal vencedora de esa jornada inaugural. a partir de ese día, durante ¿tal vez un año? estuvimos con el mono viajando a picalleo (así se llamaba el sector, había una aldea al otro lado de la ruta). siempre con las manos vacías, salíamos temprano en la mañana y no volvíamos hasta que se hiciera de noche.

los primeros meses ensayamos diferentes formas de fabricar bastidores, cómo hacerlos más resistentes, más livianos. también el lanzamiento del bastidor se convirtió en una actividad típica de esos paseos. hubo un tiempo en que el mono se tiraba de guata en el suelo para que yo lo tapara entero con hojas y ramas, haciéndolo desaparecer, esperando que una codorniz se acercara por azar.

cuando llegó el primer invierno las codornices prácticamente desaparecieron, no sé si se esconden o si se van. nosotros dejábamos que fluyera y aprovechábamos de practicar yoga, o de ponernos al día con el consumo de objetos de la cultura, o de sustancias de interés espiritual. 

ya llegando la primavera aparecieron nuevamente, esplendorosas. yo las sentía renacidas o resucitadas, místicas. fuimos inspeccionando los lugares donde se detenían, descubriendo que en su dieta abunda una frutita morada y minúscula que sale en algunos árboles y arbustos de las quebradas. recogíamos puñados de esas frutitas para dejarlas cerca de nosotros, pero no había caso, ni siquiera se acercaban al montón. tampoco quisieron comer cuando nos alejamos del montón, y cuando volvimos dos o tres semanas después, el montón seguía ahí.

no éramos grandes corredores, pero con el tiempo fuimos tomándole el ritmo a la velocidad de las codornices, fuimos mejorando el sprint. a veces me parecía correr tan rápido como ellas vuelan.

hasta que un día sucedió. lo recuerdo como una gran fiesta, como si fuera un suceso importante a nivel comunal, tal vez: en una de esas carreras a todas velocidad pasó una codorniz, yo diría que por error, volando a mi lado, si bien sobrepasándome en velocidad, dándome también tiempo y espacio para tomarla con la mano, con gesto suave, ella de pronto detenida, quieta en el instante que mi mano la rodeó.

ejemplar hembra lucía un imponente mohicano, la coloración definida de sus líneas superciliares, un parpadear rítmico, acelerado, el palpitar de su corazón, su mirada y la mía cruzándose. quise olerla, pero al acercarla a mi cara se puso nerviosa, aleteó, o intentó aletear, yo mantuve la presión constante, como una jaula. busqué con la mirada al mono. lo encontré.

me dijo: suéltala.

devolví mi mirada a la codorniz, ella me miraba fijo. mientras abría los dedos noté su peso, tan liviana, algo así como un huevo seco, un globo desinflado. de un salto se dio vuelta, estuvo un instante posada en mi mano y salió volando, con un zumbido tan fuerte que me asustó.

las sensaciones eran diversas. la emoción del objetivo cumplido, versus la piedad y el compañerismo mezclados en la fauna que me rodeaba (codorniz+mono). ahora tenía una nueva amiga, una piadosa, desinteresada, frágil amiga, tan amiga como el otro animal, un simio, que se comunicaba conmigo (el mono).

perfecta, superior, inigualable amiga, mejor no he vuelto a encontrar. comprendía al fin una verdad indispensable para relacionarme con lo externo a mí, era descubrir a dios, abandonar la atmósfera, ser entero de nuevo.

mientras decidía jamás volver a someter a nadie a situaciones de estrés o encarcelamiento infundados, el monito se había llegado a mí y, comprendiéndomelo todo con la mirada, me dijo que nos fuéramos.

me dijo: mono, vámonos.

había pasado un año y medio, un año desde que visitábamos picalleo. el mono caminaba súper alegre. yo, sorprendido. eso de hacer un negocio, armar un start up y tratar de tirar parriba. deaónde poh. ahora, cuando me preguntan por las codornices, digo que tuvimos un renacer ideológico, una condición afectiva que nos impidió proseguir el plan de negocios.








martes, 11 de abril de 2017

Introducción a personaje ficticio, disponible para su uso recurrente.


  Nadie sabe su nombre, ni el mismo se acuerda. Cuando le preguntas mira al horizonte y te responde: "El que fui tenía un nombre, pero lo olvidé hace mucho, entre tantas cosas que olvidé, Victor, Vicente, Vigo, no sé. Recuerdo una V, pero sólo esa idea vaga."

  Ahora se hace llamar Vrigido cuando declama su nombre aunque a veces lo pronuncia como Virgidio, Vrigilio o Virgilio. Dice que sabe que ese o eso no son su nombre, que de su nombre nunca se acordará y que prefiere no acordarse de weas.

 Un día contó su historia o lo que alcanza recordar de la primera vez que recorrió el infierno, el purgatorio y el cielo. Que ahora trabaja de guía para quien necesite dar esos paseos. Incluso afirma que cuando nos encontramos con el es porque estamos recorriendo esos lugares, que el no vive sino dando esas vueltas.

 Contó que cuando fue el que era, andaba tirado en calle, pastiando la pasta, fumando a plena vista, sin poder ocultarse, pero sin ser visto por nadie que lo quiera ver. Y cuando andaba en esa perdido en la perdición muy cagao como para poder siquiera robar con astucia, o asaltar con violencia decidió mendigarle a los transeuntes con total sinceridad para comprarse unos monos. Sin embargo lo pilló un viejo de risa explosiva que le dijo: " Que va andar fumando weas amigo, acompañeme" lo hizo recorrer calles robaron plantas de casas particulares y maleza que crecía entre lo inhóspito del cemento, le armó un puro entre hojas secas de cloclo y lo patío con unos preparados secos que guardaba en una caja de lata. "Fumatelo de a poco angustiao, que sinó te va a pegar fuerte".
Cuenta el Vrigido que siendo el que fue babeando para aliviar la angustia se lo fumó de una y la volá le pegó tan fuerte que ni al día de hoy se le pasa. Desde ese día recorre el mundo mirando por el rabillo de lo real, paseando entre ángeles terribles y demonios misericordiosos. Desde ese día percibe que el mundo es otro mundo y por lo tanto el ya no puede ser lo que había sido, ante ese cambio el olvido del nombre es una anécdota secundaria, al igual que cualquier vicio antiguo. Dice que ha intentado encontrar al viejo ese, pero nunca lo ha vuelto a ver ni desde las ventadas del cielo, ni de los pasillos del infierno. Concluye entonces el Vrigilio que no se encontró ni con un ángel, ni con un demonio, de ninguna jerarquía. Sino con algo distinto, diferente no más.  

A la menor provocación El Virgidio se pone a fristalear, con todo el arte de un loco vió, no como longi rimando los puros gerundios.  Una vez estábamos tomando unas cervezas en alguna plaza allá por Renca y de pronto la voz de este transeunte de lo demoniacoidivino se escuchó:

"Soy la visión de los hombres antiguos,
la arena vuelta sal, la piel escama.
Soy la sombra del ave sin altura
que un día, al fin, desgobierno proclama".


sábado, 18 de marzo de 2017

cabros me da un poco de vergüenza lo que hice. como les había comentado, en el curso hay dos o tres jóvenes, cuyos apellidos desconozco, que no parecen pertenecer, como la mayoría de los demás, a los estratos socioculturales más bajos de este antipaís. en otras palabras, no son ná de pobres. tampoco son tan pitucos si están en esta. hay uno en particular que tiene no pocas espinillas en el paño y dos corridas de frenillos grises inundándole los dientes. buena persona yo diría. lo había cachado dos o tres veces el primer mes, empleado del retail, veintipocos. ahora desde la semana pasada tengo clases con él. no le va bien ni mal. no participa mucho en clases, aunque llega temprano y tiene mirada de comprender lo que está pasando a su alrededor. ayer llegó media hora tarde, con el rostro desencajado, la mirada perdida, el profesor le requirió explicaciones acerca de los motivos del retraso, recibiendo una respuesta vaga del tipo "tuve algunos problemas". se sentó cerca mío, o sea que lo estuve sapiando, tenía la mirada perdida, estaba pensando en otra cosa, no escuchaba la clase. en el break me olvidé de él, bajé con los demás compas a tirar el tallón con un cafesáceo. por motivos azarosos volví al salón de clases de los primeros, encontrándome con este cabro sentado solo en medio de la sala, escribiendo desesperadamente en una hoja de su cuaderno. como lo caché en ese momento íntimo, no quise interrumpirle, desviándome como si fuera pa otra parte, pero el loco me cachó, sin mirarme. procedió entonces, en un gesto teatral aunque no alumbrándosela, a arrancar la hoja casi entera escrita, arrugarla convirtiéndola en una pelota, lanzándola en el basurero del salón, para salir de la sala camino al baño. el gesto tuvo al menos otros dos posibles espectadores, que no sé si miraron como yo. mi compare estuvo todo el resto de la clase con el gesto de perderse en su dolor, sin prestar atención a las idioteces del profesorado. terminando la sesión, híceme el larriox durante casi dos minutos y cuando finalmente todos salieron de la sala me agaché metiendo la mano al basurero, recuperando la escritura del loquito, como dije, una página casi entera de texto, cuya fotografía comparto a continuación con ustedes y cuya materialidad atesoraré por algún tiempo para no olvidarme de ¿qué?

(perdí la fotografía)

miércoles, 15 de marzo de 2017

Vladimir es a Vladimiro lo que Waldemar es a Valdemiro

Estaba duchándome aquí, en nuestra casa, donde las duchas son angostas y de pisos irregulares, donde mi propia gordura dejaba poco espacio para las maniobras. Iba en la parte donde enjabono toda mi cara, incluyendo la barba, las patillas, las cejas y las pestañas, por ende, también los ojos, lo que me obligó a enjuagar mis manos con los ojos cerrados, y llenos de jabón. Estaba entonces desnudo, con la cara llena de jabón, los ojos cerrados obviamente para evitar irritación, tratando de enjuagarme las manos.

Hubo... ¿cómo decirlo?... una especie de suspiro, un rumor leve, un ligero cambio de temperatura. Entre mis manos había otra mano, pero dura, alargada, me seguí enjuagando las manos al tiempo que iba sobajeando mis palmas y antebrazos con esta tercera extremidad. La tercera mano colaboraba enérgicamente y sentí cómo el cuerpo que la acompañaba se pegaba al mío. Me rozó una rodilla con la suya, también su abdomen, abultado, se acercó al mío, rodeándome con un huesudo brazo la espalda.

Yo estaba muy tranquilo, con los ojos cerrados para evitar irritación, cuando sentí algo en mi cara. Era una boca o algo como una boca, como si estuviera sacando la lengua, pero me resultó extraño. Seguía tranquilo cuando quise llevar mis manos a la cara para sacarme el jabón de los ojos y ver, pero este cuerpo me abrazaba por todos lados y no podía alcanzar mis ojos con las manos. Ya algo nervioso abrí los ojos.

Estaba abrazando al más horroroso alien que puedan imaginar, ese antropomorfo, delgado, sin sexo, y gris bicharraco inventado por la televisión imperial, el e.t. de las imágenes del "accidente de roswell". Su cabeza alargada era enorme, del tamaño de una guitarra, y sus ojos, más grandes que el envase del shampoo.  Me estaba abrazando también con sus piernas. Me empezaron a arder los ojos, producto del jabón, y tuve que cerrarlos.

Alcance a ver, eso sí, su diminuta boca, fruncida, acercándose a la mía. Entre mi boca y la suya se extendía una pasta firme y resbalosa, esa pasta representaba algo, no supe qué, una sensación muy extraña. Ya no podía verlo, me dolían mucho los ojos. Intenté moverme, pero noté que esta... cosa... estaba totalmente montada sobre mí, pesaba unos 60kilos y no pude dar un paso, aunque lo intenté.

Creo que se puso nervioso cuando traté de dar ese paso. Empezó a tambalearse y contorsionarse frenéticamente, siempre aferrada a mí, se daba de cabezazos contra las paredes, me apretaba el cuerpo, era como si tuviera un ataque epiléptico. Me empecé a sentir ahogado. Ya había estado en compañía de esta monstruosidad durante unos 2,5segundos y la situación me estaba comenzando a angustiar y a aterrar.

En cierto instante esta cosa se dio tan fuerte contra la pared que su cabeza se abrió, saliendo un líquido viscoso negruzco que empapó las paredes, también mi cara, abrí de nuevo los ojos. Esa imagen terminó de horrorizarme, di un salto, un espasmo importante, tratando de sacar de encima mío tanta repugnancia. Estiré igualmente los brazos y las piernas con mucha fuerza, en una acción liberadora. Sucedió de nuevo ese suspiro y el cambio de temperatura. Instantáneamente después iba cayendo, así que me aferré a lo que pude, que resultó ser la cortina de la ducha.

Con gran estruendo caí al suelo, solo, seguido de la cortina, rota, con los ojos ardiendo llenos de jabón. Desde afuera el mono me preguntó si estaba bien y yo, mientras me enjuagaba los ojos con el chorro de agua caliente que nunca dejó de caer, le gritaba que sí, que sólo había tenido un pequeño accidente.

Si me preguntan, creo que estaban haciendo estudios acerca de la psicología humana, acerca del pudor o del placer, tal vez, del asco. Tal vez era yo mismo. A veces en las noches me gustaría sentir de nuevo su peso, resulta extraño, tocarla de nuevo, me gustaría vivir eso de nuevo.

viernes, 10 de marzo de 2017

Recodos de la literatura o del pensamiento


La naturaleza no existe, pero no todo cuanto percibimos es un artificio. La verdad yace en un pliegue


La semilla del tiempo es impredecible y, precisamente a causa de ello, necesitamos examinar las técnicas de la mensura.
El luddismo es un ludismo.


La sinceridad es epocal. La parrhesía es un taldo en el trabajador creativo.


La nobleza de obrar lo que se ejercita por oficio.
La división entre trabajo manual e intelectual pudre todo acto creativo y valoriza la obra como producción separada de su realización en el mundo. Como sabemos, siempre en pos de la acumulación.


Víctor Jara preguntó ¿qué saco rogar al cielo? A través del cielo dinámico, la pena de Alepo Este es la gloria de un infame comercializador de petróleo, y el calor de la Universidad de las Artes envuelve húmedo el vendaval maorí.


El brillo del museo miente siempre. Sin embargo, no por esto deja de ser cierto su testimonio. El eterno retorno de las explosiones y conmociones que destruyen épocas y ciudades.
Pensar en tiempos de volcanes. Magos: lo que hay de dioses en uno.


Parte importante de esto es la batalla contra el ego. Cómo vivir con el cuchillo enterrado.


Esta fiesta de varones está a punto de terminar. ¿La poesía no era un arma cargada de futuro?





jueves, 9 de marzo de 2017

Tercera carta a la juventud latinoamericana

No hay proezas. No hay algo así como la salvación o la redención, ni de la sociedad, ni de las mujeres, ni de los pobres. Estamos sumidos en un pantano en el que, sin embargo, todo lo que podemos hacer es aprender a nadarlo. Hacer líquido lo viscoso. Para lo cual, la voluntad sin verbo desplegada. Subcomandancia múltiple o ejército de desertores. Escapar del equilibrio, de la ronca comodidad, del turismo que es darse vueltas en la moneda para volver a lo de siempre.

El agua es vida, repiten los resistentes por todo el territorio. Y cuando la equivalencia hace finalmente sentido, el territorio se ha redefinido. Éste supone una frontera, una línea divisoria, una demarcación donde se separa de los otros lugares, donde otras fuerzas se agarran a machetazos para tronar y dejarse llover. Allí donde hay agua, el suelo es más blando. La cautela es más necesaria para pisar y siempre que posas el volumen del cuerpo sobre la tierra, ésta responde al movimiento, te dice pase, siga, o le abre paso a la serpiente.

Dicen los viejos que la juventud no tiene miedo, porque ellos se han engullido su potencia con el hambre de la estabilidad. Han dejado de pensar, sólo tienen recetas para actuar las que proceden del temor a que el hueso se agrande. A que el brazo se haga martillo, aún a los treinta años. ¿De qué se trataba hacer la revolución? En una playa del litoral de los poetas, una niña de pelo corto interpela al diputado del partido común... "¿no que era hasta vencer o morir? Si no vencieron, ¿por qué no estáis muertos?".

Quienquiera diría que no lo estáis (...) Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.
Cesárea Tinajero

Idealidad de la comunidad, trascendentalización de la existencia. Habitar la tormenta es habitar la paradoja, sumergirse en la experimentación cuyo coeficiente sea la sospecha. La poeta mexicana no era la mera excusa para aventurarse. Varios siglos ha que las compañeras de la Brigada de la Extrañeza llevan buscando a Gabriela Mistral en los desiertos de Atacama, poblados de falanges violadas, hioides calcinadas, mientras Roberto Bolaño sigue describiendo a la "putita" en el asiento del copiloto.

¿Dónde escondieron el arsenal de las nuevas armas? ¿En las entrañas del muro de Trump? ¿En la ribera del Canal de Nicaragua? ¿En el pantalón blanco del cholo argentino? A su retirada de Port-O-Prins, mientras los perros ladran al batallón Chile, el coro ancestral de esclavas y esclavos libertos por su propia fuerza, entonan el canto general de los dolientes. Los soldados, que tuvieron suficiente tiempo para leer las obras cumbres del boom, entienden a la postre que el realismo mágico era lo mismo que la guerra en curso, y se van abriendo las venas en el acorazado Pizarnik, bajo la atenta mirada de la contralmirante Rosario Castellanos.