viernes, 3 de agosto de 2012

Nostradamus

El mono se acordará el otro día, que estaba acá en mi departamento, al día siguiente de la volá que la pasó con el sin-casa, que miró por la ventana y me preguntó que qué weá ese cartel que hay enfrente, en el que se puede leer claramente Nostradamus, y se acordará que yo le dije que no sé, que lo que hay detrás de la reja donde está puesto el cartel podría ser una ¿industria?, ¿empresa?, ¿distribuidora?, no sé, pero sé que tienen pallets y que hay gente que trabaja todo el día ahí, que entran camiones tres cuartos vacíos y salen llenos, y seguramente otros entran llenos y salen vacíos, o semivacíos, que en general hay harto movimiento en el lugar, y que en la reja de adelante hay un cartel que dice Nostradamus. Bueno, cuento esto porque supongo que al mono le interesará todavía saber por qué dice Nostradamus ahí, y pasó que el otro día, no sé por qué, pasé justo enfrente del cartel, o sea que pude visualizarlo a escasa distancia, observar sus detalles, incluso lo toqué con una mano, con tres dedos, y con sorpresa descubrí que el cartel, antaño, decía “Nos Trasladamos”, y algún gracioso sacó la primera S, la L y la segunda A, y rompió la parte de arriba de la O, transformándola un poco en una U, con lo que consiguió que a unos 15 o 20 metros el observador distraído no se de cuenta que se trata de una broma y lea perfectamente Nostradamus.



miércoles, 1 de agosto de 2012

San Ignacio. (31 de julio)



Y el micrero culiao de puro pesao no me paró en el metro Parque Riquelme, y cuando no te paran por ahí la micro sigue caleta de rato más, dejándote a la chucha varias cuadras mas allá, pero cuadras difíciles de calcular, porque son curvas no rectas.  Entonces me bajo en la Avenida Degolladero y camino un poco enchuchado por la mala onda del micrero. Voy caminando y un par de cuadras más allá me encuentro con un Homeless. Me dice: “vamos caminando hasta San Ignacio yo voy para allá”; bueno le dije yo también voy para allá. –me dio su nombre completo y yo le respondí con el mío, ahora solo me acuerdo que se llama Marcos tenía como unos 50 años, pero es difícil calcularlo puede que sea mucho más joven y que la calle lo avejentara. Tenía el pelo hasta un poco más allá de los hombros con unas rastas gruesas, negras, una parca azulmarino como de colegio, unos pantalones rotos, zapatillas y un saco lleno de quizás que tontera. Llevaba las manos llenas con cachureos como la botella que se le calló y yo le recogí rogando que no tuviera pichi dentro de ella. Su barba era larga negra con unas pocas canas, los ojos cafés y las arrugas que se le notaban más por el piñén. El loco me contaba historias de cosas que pasaban por dónde íbamos caminando, donde dormían otros cabros (vagabundos) o quienes vivían o habían vivido por esas casas, muy preocupado por los detalles geográficos, aunque no soy capaz de reproducir esas historias, que en realidad no tenían sentido.  Hablaba de unos tíos a los que les pidió comida, de que el parque Riquelme estaba lleno de guardias con chaquetas reflectantes amarillas y perros, me dijo que lo acompañara a un jardinera de esas que separan la calle, que tenía que hacer algo.


De repente caminaba por la calle, yo le decía que se subiera a la vereda y el loco decía que bueno, pero seguía caminando por la calle hasta que automovilistas furiosos le tocaban la bocina, desviándome un par de cuadras lo acompañe hasta el bandeja, yo pensé que se iba a acostar ahí, pero no. Metió la mano en un oyó inundado entre el pasto, yo pensé que iba a tomar agua, pero no.  Me dice que me corra un poco para que no me moje y  sale un chorro de agua desde un dispensador, pero se aprovecha de lavar las manos.   Me cuenta varias historias más, inconexas todas, de personas a las que siempre nombraba con sus nombres completos, a veces me decía; “me comprende” y yo le decía que si, me preguntaba si entendía o me acordaba y yo siempre le contestaba y a veces lo miraba a los ojos y me decía que si entendía y yo respondía si, a veces hacíamos eso como cinco veces, comprobando canal el resultado era un poco musical. Entre las cosas más o menos coherentes, o lo que creí entender, me contó que lo habían llevado preso en Los Andes por marihuanero que  antes era marihuanero, pero ya no. Me preguntó si yo conocía Los Andes y le dije que sí, me dijo que lo pillaron con 32 kilos, pero que los tiras amigos  siempre fueron amables con él a pesar que le pusieron cadenas en los pies.  Me decía que la cárcel estaba al lado del Jumbo, me preguntó si lo conocía, yo la única vez que estuve en ese jumbo me robé un libro y se lo regalé a una amiga en el estacionamiento saludé muy a lo lejos a un loco que estaba en la cárcel asomado por la ventana cual mono en zoológico, muy a lo lejos el loco saludaba y yo le repondría con el mismo gesto de la mano, sería cautico que fuera este mismo loco, pero no hay forma de saberlo. Me conto también que la gente era tonta que creía que andaban personas adiestrando culebras, pensaban que eso era obra del demonio y que no por que el demonio hace otras cosas. Luego me hablaba del infierno y que no había que irse a allá, que por eso tenemos que ser buenos, me hablaba mucho de la biblia, nunca con sentido alguno, a veces yo le respondía con obviedades, como afirmar que de quienes hablaban eran valdivianos, cuando antes me decía que venían de Valdivia, pero para que supiera que lo estaba escuchando, cuando me hablaba de Jesús o el diablo (siempre más hablaba del diablo) yo le preguntaba si eso salía en la biblia y me afirmaba con entusiasmo que sí.  



Ya caminando un rato en la calle San Ignacio nos encontramos con un árbol quemándose, le avisamos a un gil que estaba afuera de unos departamentos del asunto, se asustó o sorprendió porque le hablaba el vagabundo. El tarado dijo que si el problema estaba afuera daba lo mismo que no era su asunto, espero que se le hubiesen quemado los cables de la luz, por no hacer nada. Cuando pasamos por el árbol notamos que habían quemado varios basureros municipales que ya estaban apunto de haberse consumido por completo y las llamas eran más altas que yo. Marcos me dijo que esos eran terroristas y que eran culpables, que aunque dijeran que no, si los pillaban se les notaba la culpa en la cara. Seguimos caminando y cada cierto tiempo yo miraba hacia atrás para ver el árbol, deje de verlo cuando ya estaba lejos muy lejos, pero nunca note que se apagara el fuego, el resto de la conversación es súper poco importante o pude recordar muy poco de lo que me decía, nada muy coherente que se encontró unos zapatos y que un caballero se los arreglaba gratis, en un momento recogió un fierro y dijo que lo usaba de escuadra, en un momento se paró a mear y me seria hablando y mirando mientras me contaba algo del conserje del edificio grande del frente, el edificio alto de más de 20 pisos que en la azotea no tenía nada. Cuando llegue a la casa de mi  amigo me despedí, el Marcos se despidió también y me dijo que consiguiera una biblia y que nos viéramos al otro día a las 11, se fue muy convencido de que nos juntaríamos que ese día seria San Ignacio.  Empecé a escribir esto a las 11:15 del “otro día” y terminé a las 3:00 am (correcciones incluidas) lejos muy lejos de la calle San Ignacio.


SALMOS
LIBRO V  107:40 El esparce menosprecio sobre los príncipes,
Y les hace andar perdidos, vagabundos y sin camino.

lunes, 23 de julio de 2012

Declaración aclaratoria sobre los sucesos de la madrugada del 6to fructidor del año 214

Yo, David Ricardo Partidario del Capital, biopolíticamente asignado hombre, soltero, licenciado en Ciencias de la Experimentación Sonora en la Universidad de Talagante; de nacionalidad chilena, RUT 13.200.002-Q, domiciliado en el nº91 de calle Mamerto Cádiz en la comuna de Ñuñoa, Región Metropolitana; inspirado en el documento que escribiera el poeta Rodrigo Lira en 1977 y publicado por Ediciones Universidad Diego Portales bajo el título “Declaración Jurada”, he comenzado a redactar esta declaración de manera absolutamente voluntaria, con el fin de esclarecer mi participación en los hechos acaecidos la madrugada del sexto fructidor del año 214 del calendario revolucionario francés, día del nardo, cuyas consecuencias materiales, morales, políticas, judiciales y seguramente de otras índoles, escaparon de mi voluntad, en el entendido de que en algunas de las acciones en que me vi involucrado durante la mencionada noche, no ejercí mi voluntad, esto es, sucedieron contra mi voluntad, lo que motiva la redacción detallada de los hechos, cuyo acaecimiento, según mi recuerdo de los primeros parágrafos del Tractatus Logico-Philosophicus, son constitutivos, junto a todo lo que también acaece, del mundo físico, esto es: de “lo real”.

Es preciso enunciar, previo al relato cronológico de los sucesos, que la intención aclaratoria de este cuerpo textual, pretende contrastar con la Declaración dizque “Voluntaria” que firmé en la 36º Comisaría de Carabineros, sita en la comuna de La Florida, a pocos pasos de la avenida Doctor Sótero del Río, la que, teniendo carácter legal, no tiene legitimidad, en tanto los hechos que describe no tuvieron lugar en el mundo, esto es, en la buena lectura de Wittgenstein, no acaecieron, por lo tanto no son reales.

La madrugada del sexto fructidor del año 214 del calendario adoptado por la Convención Nacional Francesa tras la proclamación de la Primera República, me encontraba en el suelo de la estación de bencina de la Compañía de Petróleos de Chile, COPEC, ubicada en la esquina de avenida Vicuña Mackenna con Trinidad, a pasos de la población Nueve Mil, en compañía de mi amigo Patricio Espinosa, biopolíticamente hombre, soltero, estudiante del Magíster en Teología Política en la Universidad del Dealer, domiciliado en pasaje Copérnico cuya numeración no tengo a bien mencionar, en el sector oriente de la vía férrea, comuna de Pedro Aguirre Cerda, comiendo cada uno un hot dog y bebiendo una gaseosa Sprite de un envase de medio litro, todo lo anterior adquirido en el punto de venta de la misma estación de servicios, a la vez que fumando ocasionalmente un poco de marihuana en una pipa de propiedad de mi amigo, sin cruzar palabras más que con la mozuela que nos expendió los alimentos y la bebida.

Hasta el lugar habíamos arribado en una motonieve Polaris, color azul, motor de 600 cc, de mi propiedad, la cual, para efectos de alimentarnos, habíamos dejado en el mismo suelo, a escasos centímetros de nuestras posiciones. A eso de las 2 de la mañana, a la estación arriba un camión cisterna de la Compañía de Petróleos de Chile, con el objetivo de rellenar de combustible los estanques subterráneos de la bencinera, lo que se tradujo en el cierre momentáneo de la estación para los vehículos motorizados. Durante esta actividad, de manera imprevista, se acerca a nosotros un sujeto de contextura delgada, de aproximadamente 1,70 metros de altura, vestido con chaqueta de cuero, polerón con capucha, zapatillas, bluyins y un pañuelo rojo amarrado al cuello, quien, dirigiéndose a mí, en señal de amenaza señala lo siguiente: “Quédate quieto o te mato, hueón” (sic). Acto seguido, el sujeto coge la motonieve, la monta y acelera por calle Trinidad rumbo al oriente. Ante la sorpresa que nos causó la interrupción en nuestra alimentación, procedimos a correr detrás del sujeto. En el inicio de dicha persecución, caí en la cuenta de que en el lugar donde nos encontrábamos previamente, ambos habíamos dejado nuestras mochilas, en cuyos interiores, además de materiales de estudio, se encontraba el alma de Marcellus Wallace, dividida en dos; motivo por el cual me devuelvo, mientras mi amigo, acompañante y, a estas alturas, testigo del delito en comisión, continúa la persecución unos metros más. Cabe mencionar en este punto, que si bien el sujeto iba solo, detrás de él una pareja de jóvenes –un hombre y una mujer- caminaron el mismo recorrido que el sustractor, sin inmutarse, mientras se ejecutaba la persecución.

Una vez a salvo las mencionadas mochilas, uno de los trabajadores del camión cisterna de la Compañía de Petróleos de Chile, llama por su teléfono celular a Carabineros de Chile y me comunica raudamente a través del aparato móvil, con un sujeto que, sin identificarse, me pregunta en un registro coloquial los datos de la motonieve sustraída y las características físicas del sujeto que arrancó con ella. Tanto la rapidez de los sucesos, desde el robo hasta la telecomunicación con la supuesta policía, como el habla coloquial que utilizaba mi interlocutor, me hicieron desconfiar de lo que sucedía, al punto de que colgué el celular del empleado de COPEC y se lo devolví, y en reiteradas ocasiones ese aparato volvió a recibir llamados del mismo sujeto, quien, luego, ante mi consulta, se identificó como “capitán Pomposito” (sic), lo cual me pareció demasiado impreciso y acabó de configurar en mi estado de paranoia, la sospecha de que tanto el ladrón como los interlocutores telefónicos y los bomberos de la estación estaban confabulados para estafarme mediante el truco conocido como “el cuento del Tío”, que consiste, básicamente, en desorientar a una persona para hacerle creer algo con el objetivo de timarla. Durante la elucubración íntima de esa teoría, ya había regresado a la estación mi amigo Patricio Espinosa, sin haberle podido dar alcance al sustractor, ante lo cual me resigno a la idea de que me hubieran robado mi tercera motonieve en dos años. Sin embargo, mi desconfianza fue mayor que la resignación y, dado que el bombero de COPEC insistía en que hablara por teléfono con un sujeto que para mi criterio -alterado por el consumo de diversas sustancias- no parecía un policía, tomo la decisión de llamar al 133 desde mi propio teléfono móvil, para lo cual le pido a los vendedores del punto de ventas de la estación de servicio si puedo ingresar con mi amigo a llamar desde allí a Carabineros, a lo que ellos acceden.

A las 2.22 de la mañana disqué la reputada combinación numérica y en comunicación con la central policial, le señalo a una funcionaria haber sido víctima del robo de una motonieve en la COPEC de Vicuña Mackenna con Trinidad, indicándole las características de mi vehículo, ante lo cual ella me aconseja esperar en línea mientras, según escucho, contacta a una patrulla móvil que rondaba el sector, y me pone en comunicación con un carabinero, que resulta ser el mismo “capitán Pomposito” al que yo, minutos antes, le había colgado repetidas veces. Él insiste en que repita las características de mi motonieve y del sujeto que la robó, y luego de comparar mi declaración telefónica con su observación empírica, me manifiesta que me quede en el lugar y no le vuelva a colgar.

Al cabo de pocos minutos llega a la estación una radiopatrulla de Carabineros, con mi propia motonieve sujeta como carga a la parte trasera del vehículo policial, por lo que yo y Patricio Espinosa salimos del punto de ventas, nos dirigimos a la policía, momento en que los agentes me enseñan la motonieve, mientras otro funcionario le pide a mi amigo Patricio Espinosa que reconozca al sujeto, en condición de detenido, sentado en el asiento posterior del vehículo, lo que también resulta efectivo: Carabineros de Chile había detenido al ladrón y recuperado el vehículo sustraído. Un policía, de tez morena, con rango de cabo, me solicita que le narre una vez más lo ocurrido, tras lo cual me expresa: “ya, al llegar a la comisaría, vamos a cambiar un poquitito la declaración, ¿estamos de acuerdo?” (sic), ante lo que yo pregunto el sentido del cambio y me responde que es “para que no salga tan pronto [en libertad, el sujeto]” y que en la declaración oficial debo decir que me empujó, para que el cargo sea “robo con violencia” en lugar de “robo por sorpresa”. 

Comprendiendo el ejercicio de poder que había en el hecho de que yo y mi amigo Patricio Espinosa estábamos ostensiblemente bebidos y drogados, y que la recuperación de la motonieve era un acto de fuerza para que mi declaración fuera compatible con la voluntad de castigo, ante la pregunta reafirmativa del cabo “¿estamos claros?”, afirmo con un movimiento de cabeza, siendo apoyado anímicamente por mi amigo, acompañante y testigo, quien me recuerda que ya no hay vuelta atrás. Una camioneta policial adicional se acerca a la estación, en cuyo interior nos trasladamos yo, mi amigo Patricio Espinosa, y la pareja de carabineros que la conducía, con la motonieve sujeta con esposas al pick-up del vehículo policial, hasta la 36ª Comisaría de La Florida, lugar en el que debimos esperar cerca de tres horas, durante las que, entre otras cosas, nos hicimos amigos de un perro al que llamamos “Flato”, bebimos café y chocolate caliente de una máquina expendedora marca Vendomática, antes de que nos hicieran declarar la situación que le acomodaba a los funcionarios.

En el transcurso de ese proceso, ocurrieron algunos hechos de carácter llanamente delirante, como una conversación entre mi amigo Patricio Espinosa y el capitán Pomposito sobre el comportamiento ético de los personajes de la teleserie Amores de Mercado, una llamada telefónica en altavoz a la Fiscalía Oriente durante la que el capitán Pomposito hizo muecas burlescas en alusión a la burocracia de la funcionaria judicial, y constantes bromas pueriles entre los carabineros del tipo “¿y su hermana, mi cabo?”, tras todo lo cual, finalmente, conocida por nosotros la identidad del asaltante, José Alejandro Bernales Ramírez, 23 años, con antecedentes por robo con intimidación, robo de lugar habitado y robo de lugar deshabitado, y el procedimiento a seguir en la audiencia de formalización, nos retiramos de la mencionada comisaría, con la motonieve y una copia cada uno de la Declaración “Voluntaria” en la que ambos inculpamos a Bernales Ramírez de haberme empujado para asaltarme, lo que, asumiendo la veracidad de la presente declaración aclaratoria, no constituye un hecho real, en tanto no acaeció.

domingo, 22 de julio de 2012

La cosa va así: un grupo de vendedores ambulantes está con sus productos afuera del metro Santa Lucía, en la calle San Isidro, unos pocos metros al sur de la Alameda. Tienen los productos puestos sobre paños adaptados ingeniosamente para poder tomarlos por las puntas y guardar sus cosas casi instantáneamente, pudiendo irse pasando desapercibidos. Como llueve, algunos vendedores ofrecen paraguas malos por la módica suma de mil pesos, y mucha gente los compra, pensando tal vez en usarlos sólo un par de veces y sabiendo que rápidamente van a dejar de funcionar, pero llueve y la opción es mojarse o comprar el paraguas. Los demás vendedores están debajo de unos techos donde no llega el agua, venden sus productos, conversan entre ellos, se fuman su cigarro, la gente compra cosas que necesita, los vendedores jamás se van a hacer millonarios con ese negocio, ni parecen estar molestando a nadie. Mucha gente pasa mirando los productos y algunos se quedan mirando alguno, puede que lo compren o no, pero es interesante ir por la calle y ver productos útiles y necesarios a precios bajos. El libremercado.
De pronto por la calle Alonso Ovalle aparece un vehículo, una camioneta, digamos, de hace unos 10 años, que se nota que ha estado largas temporadas en servicio activo. La mitad de abajo de la camioneta es verde y la mitad de arriba es blanca. Con su aparición los vendedores se ponen alerta, algunas mujeres casi toman sus paños del suelo, pero la camioneta sigue lejos. El conductor estaciona el automóvil en la calle San Isidro, a unos 100 metros del comercio, pero nadie se baja. Pasa uno o dos minutos así. Los vendedores siguen vendiendo pero con un ojo puesto en la camioneta. Al rato, de un momento a otro, el conductor acelera a toda velocidad, en esa camioneta cuyo motor ya viejo suena fuerte, en dirección directa hacia los comerciantes. Éstos salen corriendo, cada uno por su lado, a algunos se les caen productos pero siguen corriendo. Algunas mujeres ríen mientras corren. Un hombre vocifera un insulto para el conductor. La camioneta sigue acelerando. Aunque esa calle no sale a la Alameda, se acaba un poco antes, avanza directamente como si quisiera chocar. Un poco antes del accidente frena en seco y por un instante el conductor pierde el control del vehículo, pero es hábil y lo retoma rápidamente. En su cara de unos 50 años se ve una amplia sonrisa, él se ve satisfecho. Incluso da un pequeño bocinazo como para terminar de ahuyentar a los comerciantes.
Puta policía y la conchetumare.

jueves, 19 de julio de 2012

Talagante Expirience

Lo que hicimos:


LLegando allá nuestro unico dato concreto era que la población flotante de Talagante era en ese momento de por lo menos 3 personas.

Entonces acá dejamos otros videos de Talagante

Estamos contentísimos al confirmar que más de alguna vez se ha interrumpido la vialidad en talagante desde la epoca de la colonia



y una amena pelea



miércoles, 18 de julio de 2012

Pictograma de según imagenes google N2 Las ultimas palabras de Pancho Villa


Para este procedimiento se buscan individualmente cada una de las palabras de la frase en imagenes google y se selecciona la primera imagen, si la palabra está repetida se seleccionará la siguiente.






martes, 17 de julio de 2012

Crónicas musicales: chico buarque y yo

Al Chico Buarque lo conocí en un carrete de un loco que después nunca más vi. El Chico medía más o menos un metro y treinta centímetros, tenía la cabeza plana y casi no le quedaban dientes. Se sentaba en un rincón del carrete con un vaso de piscola y trataba de entablar conversación con la gente del carrete, pero lo que decía era tan raro que nadie lo pescaba.

“A moça feia debruçou na janela pensando que a banda tocava pra ela”.

Cuando yo me le acerqué me dijo lo siguiente. “¿Tú conoces la temperatura exacta para que el pan se tueste pero no se queme en un tostador puesto sobre una estufa a parafina?, y la distancia que hay entre el tostador y la llama de la estufa, ¿reconoces centimétricamente su existencia?, o, en otro tema, ¿sabes cómo caminar por la calle sin que nadie note tu presencia?, ¿comprar en un almacén cualquiera procurando que el vendedor jamás se acuerde de ti?, ¿conoces, acaso, la fórmula perfecta para que tu humanidad pase desapercibida por el tiempo y el espacio?".

“Para o bem de quem tem bem, de quem nao tem vintem”.

Su monólogo no iba a nada, no me dejaba responderle: “¿Cuántas veces habrá habido en el planeta bosques gigantescos desaparecidos por causas naturales, no humanas?, ¿cuántos bosques, desde la aparición de vida en el planeta, habrán sido presa de plagas, pestes, virus, bacterias, mamíferos no humanos, insectos, plantas invasoras, etcétera, etcétera, etcétera?, y ¿estás seguro de que la posición que tomas cuando te sientas en ese sillón es la más cómoda posible, o la que te permite beber y conversar de manera más eficiente?, ¿no crees que las posibilidades de encontrar mejores posiciones para sentarte son superiores a las ganas que tienes de quedarte quieto?, ¿es posible que alguien esté preocupado de eso en una fiesta como esta?, ¿habrá sido necesario organizar esta fiesta, celebrar este cumpleaños?".

“Vem que passa, teu sofrer, se todo mundo sambasse seria tão fácil viver”.

Yo hice algo así como tocarle el hombro y alejarme, pero él no dejó de hablarme hasta que dejé de escucharlo. Decía: “…¿y si yo quisiera ahora mismo empezar a bailar?, ¿podría hacerlo?, ¿podría hacerlo, por ejemplo, contigo?, ¿ahora mismo? ¿Habrá alguna manera de desplazarse por el planeta, por no decir por el universo, a vuelo de pájaro, en líneas perfectas que se interrumpan sólo por circunstancias climáticas y no geográficas? ¿Puedes definir con exactitud qué tan abierta quieres que esté una puerta que dejas sólo un poco abierta, o esa decisión la tomas casi azarosamente, sólo un poco más o un poco menos abierta? ¿Eres capaz de subirte, ahora mismo arriba de esa mesa? ¡Ahora mismo!".

“Debaixo da ponte, cantando; por baixo da terra, cantando”.

lunes, 16 de julio de 2012

jueves, 12 de julio de 2012

Llevo cuatro años sin estornudar

Lo que le estaba diciendo es que cuando yo era un niño no podía estornudar más que una sola vez por ronda de estornudos, es decir, cuando estornudaba, era un estornudo solitario, individual y potente, un buen estornudo que siempre era capaz de despejar lo que fuera necesario despejar de mis vías respiratorias, pero hubo un día, recuerdo perfectamente en qué parte de qué colegio estaba yo, debe haber sido entre las 8am y las 16pm, comuna de Santiago, un día que yo tenía ganas de estornudar y cuando se acabó el primer estornudo, oh sorpresa, sentí como que otro estornudo se formaba en mi cara y de pronto, ¡pum!, otro estornudo, igual de fuerte, igual de potente, y mis vías respiratorias tan bien como antes las habría dejado un solo estornudo, y desde ese día, yo lo encuentro extraño, siempre estornudé dos veces, nunca volví a estornudar sólo una vez por ronda de estornudos, yo ese día puedo haber tenido diez, once ó doce años, no sé, me acuerdo por el colegio, pero eso de los dos estornudos duró sólo un tiempo y, tal vez, unos cinco u ocho años después, me pasó lo mismo, que un día, de la nada, estornudé tres veces y empecé a estornudar siempre sólo en rondas de tres estornudos. El siguiente cambio fue mucho después, a los treintaiocho, o sea que estuve unos dieciocho ó veinte años estornudando siempre en rondas de tres. A los treintaiocho empecé a estornudar cuatro veces. Esa vez me pasó que ya era la tercera vez que mis estornudos aumentaban uno, así que cuando terminé el tercero, como que ya sabía que se venía el cuarto, sentí algo, parece que una sensación muy particular de picor en la nariz o en las orejas, o cómo se me apretó el pecho, incluso puede haber sido la situación de obstrucción de las vías respiratorias, ¡pum! cuatro estornudos, ahora que lo pienso siempre he celebrado un poco cuando se suma un estornudo, quisiera estornudar las veces que yo quiera cuando estornudo, quisiera poder estornudar una sola vez o quince veces, según el espacio y la gente que me rodea, pero no, desde los treintaiocho y hasta el doce de julio del 2012 estornudé siempre cuatro veces. Esa fecha la recuerdo porque es eso lo que vengo a contarle. Yo ese día me levanté tarde, como a las 13:30pm, arrepentido de dormir tanto, almorcé y me puse a fumar marihuana, tenía cuarenta y tres, llevaba cinco años estornudando en series de cuatro estornudos, no estaba resfriado ni tenía ningún problema particular en las vías respiratorias, terminé de ver el noticiero, me fumé un par de quemadas más y salí a la calle, tenía que ir al centro a hacer un trámite, pero no más salir me vino ese picor, ya iba a ser la cuarta vez que aumentaba un estornudo así que conocía los síntomas mejor, reconocí con unos 20 segundos de anticipación que aquella vez estornudaría cinco veces, pero la sensación que las primeras veces no reconocía, esta vez fue mucho más fuerte, como si trajera con ella un malestar, una enfermedad, en fin, estornude cinco veces arriba de la bicicleta, medio asustado porque estaba teniendo prácticamente un ataque de estornudos arriba de la bicicleta, y me fui alegre pensando que de ahora en adelante estornudaría en rondas de a cinco, y pensando que en el futuro estornudaría en rondas de a seis, de a siete, y calculé que a la hora de mi muerte estaría estornudando en rondas de ocho o nueve, hasta diez. Pero eso fue el doce de julio del 2012, y hasta ahora no he vuelto a estornudar de nuevo, ni cuando me resfrío ni cuando me quedo mirando el sol de invierno ni cuando me saco un granito de entre las cejas, los primeros meses me quedé esperando las rondas de cinco estornudos, que no llegaron nunca, ni una sola, aunque traté de forzarlas, jamás volví a estornudar. Hoy es el treinta de agosto de 2016, y yo le quería preguntar, doctor, si no habrá alguna forma de hacerme estornudar. 

(Traducción de un documento cirílico del ministerio de Salud de Moldavia encontrado inexplicablemente en el Paseo Ahumada, frente al consulado de Argentina),