miércoles, 11 de enero de 2017

tabernácula

Cabros no puedo parar de llorar. Desde que pasó lo de Puerto Cabello, me entraron unos ataques de angustia espantosos a bordo del buque. Soportar las palabras del capitán me sacaba de quicio rápidamente y tenía que irme casi corriendo al camarote a soltar unas lágrimas para sacarme la impotencia de encima. Estaba decidido a pedir el desembarco fuera donde fuera, pero derrotando hacia Colombia apareció el piquero blanco, cuyo vuelo rasante capturando peces voladores me tranquilizó por varios días. Asimismo, el avistaje único y singular de una rapaz a más de 25 millas náuticas de la costa más cercana (probablemente el halcón peregrino) me ayudó a recordar que en este trabajo hay algo que mirar por la ventana, que no tengo el cuerpo inmovilizado, pero si bien me calmé un poco no podría decir que ya estaba tranquilo.

En Colombia atracamos en Santa Marta, ciudad que desde lejos parecía Miami, pero que desde cerca no pude casi conocer, porque estuvimos en puerto apenas 28 horas. Me dieron sólo una hora libre para "salir a conocer", y no tenía desodorante, así que saliendo del puerto cambié algunos dólares, corrí a la playa a mojarme las piernas, después, desesperado, tomé un taxi y le pedí que me llevara a la librería más grande de la ciudad (donde no tenían ningún libro de aves de Colombia), para después tomar otro taxi, ahora sí histérico, al que le pedí que me llevara a un supermercado grande, y el taxista me llevó a un jumbo de cencosud (centros comerciales de sudamérica), donde tuve ocasión de comprar una gaseosa llamada Dr. Toronjo, un jugo Country Hill de naranja, tres kilos de maracujá, cuatro cocos, un jugo de mango, y el famoso desodorante. El tercer taxi que tomé lo manejaba un venezonlano-ecuatoriano-colombiano que había apoyado a las FARC "durante varias décadas" y que me dijo que yo era un afortunado por ser chileno, ya que chile es el país "más desarrollado" de la región. Me dejó en la entrada del puerto, donde avisté un pajarito negro que, según me dijeron en la portería, era conocido como maríaclara.

Una vez cargado de carbón, el Guayacán tomó rumbo hacia Bahía Las Minas, en Panamá. Una mañana, mientras lavaba los platos, se me acercó un tripulante al que casi no conocía a decirme que yo estaba muy aislado en el buque, que estaba solo, que nunca se me veía conversando con nadie, y que en Panamá era común pedir el desembarco por que a la compañía le salían baratos los pasajes en avión hacia chile. Solté las lágrimas ahí mismo, y me dejé consolar por el tripulante, conocido como el caeza'e'piedra, hasta que se me acabó el sollozo y pude responderle que quería trabajar todo lo posible para juntar la mayor cantidad de dinero antes de bajarme "en el primer puerto chileno".

Sin convencerse de estar haciendo lo correcto, el segundo piloto me entregó el "shore pass" después del atraque en Panamá. Rápidamente salimos con Darkson y el caeza'e'piedra, quienes en la avenida central de Colón hicieron ingreso al primer prostíbulo que encontraron. Me puse a caminar entonces por el bandejón central hasta el atracadero de cruceros (una especie de malecón turístico), donde encontré un simpático informativo de las aves que podría avistar en la zona, y de la vegetación de los alrededores. Antes de poder revisarlo con atención, un hombre de piel muy oscura me preguntó si me interesaría ver de cerca al ave fragata, a saber, ave nacional de Panamá.

Se presentó como Terencio Blanchard, regente de un "bussiness" de turismo. Además de requerir 110 dólares, para ver al ave fragata tendría que viajar 30 kilómetros al norte de la ciudad y realizar una travesía a pie de más de una hora por en medio de la selva. Era evidente que una experiencia como aquella me ayudaría a controlar la angustia y me daría moral para seguir trabajando por los meses que me quedaban a bordo, pero lamentablemente ya eran más de las cuatro de la tarde y aquella era mi única tarde libre en la ciudad. Me quedé en todo caso con la tarjeta de su "bussiness", obra gráfica en la que se dejaban ver algunas aves inedintificables sobre un fondo azul.

La visión del Guayacán al regresar dejó mi integridad sicológica en el suelo. Antes de subir, sentado en el cemento del muelle, lloré por mí y por los explotados del mundo hasta que tuve los párpados irritados y la barba llena de mocos. Algunos marinos me vieron desde el portalón y empezaron a cantar Hare Krsna con el ritmo de "la pirula", entonaban: "hare krishna, hare krishna, ven a bailar el ritmo del hare krishna", y bailaban un bailecito ridículo que volvió a inspirarme el llanto. Pasé la noche llorando en mi cabina.

A la mañana siguiente, el cocinero apareció por la cubierta comedor unos veinte minutos atrasado. Había pasado la noche con una prostituta que describió como la mujer más espectacular del mundo, una persona maravillosa que se había convertido en el amor de su vida. Preparó un desayuno rápido para la tripulación mientras cocinaba un suculento pie de limón para el capitán, a fin de solicitar salvoconducto para una segunda tarde libre en la ciudad, autorización que me incluiría también, en mi calidad de camarero. Obtenida la venia del capitán, a través del teléfono móvil de Darkson, me puse en contacto con Terencio, quien, además de los 110 dólares solicitados, me cobró un extra de 30usd por ir a buscarme a la portería del TGBLM (terminal granelero de Bahía Las Minas). Habían pasado 15 días desde Puerto Cabello, así que me habían pagado ya 150usd por concepto de viáticos.

Puntualmente a las 14 horas se presentó Terencio en una camioneta pintada como taxi. Al asiento del copiloto venía sentado su hermano, también afropanameño, poseedor un nombre igualmente rimbombante: Adelardio. Tras enfilar rumbo el norte por la autopista interamericana, dieron curso una discusión epistemológica del más alto calibre, en la que se desafiaban el uno al otro a repetir un grito penetrante de dos sílabas, sin tiempo casi para respirar entre una exclamación y otra. Se trataba de la "gritadera" del campesino panameño, tradición que repetían de vez en cuando para recordar su Chiriquí, poblado rural donde pasaron la infancia. Tras la sorprendente gritadera, Adelardio pasó a locucionar:

nosotros estuvimo un tiempito en chile, ¿te acuerdas Terencio?, fuimo a buscar una mercancía de fruta chilena, que se importa mucho acá en la panamá. trajimo banana, manzana y naranja. la marca era DOLE y en la caja venían los nombres de las frutas en francés y en alemán. nosotros teníamo una importadora antes dempezar en el turismo (...) chile es lo mismo que panamá, culturalmente hablando, socioeconómicamente hablando, no hay nada gratis, la escuela es privada, el agua tiene dueños europeos, la electricidad la manejan desde los estado unido, la empresa privada destruye la naturaleza sin dejar un dólar para los panameño, los pobres cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. culturalmente invadidos por los estados unidos de norteamérica, somos colonia, en la televisión los niños están viendo el disneychannel y la niquelódeon, las culturas locales son cada vez más raras, por eso nosotros seguimo con la tradición de la gritadera, porque somos panameños de corazón... (...) por lo que entiendo en todo el mundo hay sólo tres países con un capitalismo tan salvaje como este, donde los estados unidos colonizaron la vida de todos: panamá, chile, y la corea capitalista

Adherí en buena parte con el pensamiento del panameño, pero me decepcionaron mucho cuando empecé a preguntarles por los nombre de los árboles que veíamos desde la autopista y descubrí que apenas podían reconocer el plátano, planta de hojas gigantes que crece como maleza por todas partes. (Produce un fruto verde y alargado que debe comerse cocido, no confundir con la banana).

Como estaba planeado, tras media hora en vehículo hicimos presencia en la portería de una reserva natural llamada Parque Nacional Soberanía, donde la principal atracción era "la fragatera", una enorme roca en el mar, muy cercana a la costa, en la que año a año se reproducía el ave fragata.

((Me sorprendió que la reserva estaba financiada por la Secretaría Panameña para la Descentralización: llevaba mi cámara fotográfica conmigo, y era el mismo aparato con el que un par de años atrás se me explotaba en una fundación llamada ChileDescentralizado.))

Terencio se dirigió en términos muy amistosos a la portera: ninguno de nosotros pagó el importe. Comenzamos entonces la caminata. Íbamos por un sendero de vegetación baja, nunca más alta que yo mismo. El plátano crecía por todas partes, se veían también insectos de todos los colores, incluyendo un escarabajo verde de unos 15 centímetros. Adelardio no conocía en absoluto nada de la naturaleza, hablaba continuamente de la actualidad política panameña y de la reciente elección de donald trump en los estados unidos. Terencio conocía los nombres de algunos pajaritos: la cincote, una pájara casi idéntica a la tenca, que recibe su nombre panameño por los cinco cantos diferentes que vocaliza; el ruiseñor, que a mis ojos era un chercán; y el jote de cabeza roja, que en Colombia lo llaman gallinazo o chulo, y que en Panamá se conoce como gallote.

Cuando mi reloj de pulsera marcaba las 15.30, avistamos en el cielo la silueta negra de las primeras aves fragata. Con sus aleteos lánguidos, profundos y holgados, me llenó de admiración. Podía ver sus colas ahorquilladas, el cuello blanco de la hembra, su largo planear, a muchos metros sobre el mar. El sendero subía y bajaba hasta que finalmente llegamos a la costa para encontrarnos de frente con la fragatera, roca gigantesca que estaba realmente repleta de aves fragata, con muchos machos dilantado su saco gular. Se notaba claramente la forma de las aves, las veíamos a unos 200 ó 300 metros, pero no pude obtener buenas fotografías del cortejo, aunque sí algunas de la hembra en vuelo.

Los hermanos Blanchard, para darme tiempo de observar, sacaron de sus mochilas un par de hamacas y se tendieron a descansar. Yo caminé por la playa de ida y vuelta, me encontré con una iguana, con varios pelícanos, incluso con un pájaro que me gustaría creer era el ave del trópico de cola roja. En un momento de gran sosiego me senté en la arena a llorar un lagrimón, colmado eso sí de cierta alegría, que tranquilizó mis pensamientos.

Cuando el reloj marcaba las 16.45 volví a buscar a Terencio. Desarmaron las hamacas al tiempo que emprendíamos la caminata de regreso. Parecía que habíamos tomado el mismo sendero, sin embargo, al rato nos encontramos en un sector de árboles altos que no podía recordar, y cuando tuvimos que atravesar un riachuelo, le comenté a los hermanos que el sendero no era el mismo. No alcancé a decir nada, porque Terencio me sujetó por detrás, tapando mi boca, susurrándome un "shhhhht" al oído. Me quedé quieto mirando al frente cuando vi un puma. Era un felino verdaderamente enorme. Iba cruzando lentamente el sendero, a unos 30 metros de nuestra posición. Se quedó mirándonos inmóvil un tiempo que me pareció infinito, aunque deben haber sido unos 30 segundos. Se veía flaco, sus costillas claramente marcadas, la cola lánguida. Luego siguió su lento caminar, pero cuando desaparecía entre la vegetación vi cómo con sus patas traseras daba un salto.

Adelardio tenía una mueca de verdadero terror. Terencio mantenía la calma pero no permitía que hablásemos, sólo nos indicaba proseguir con la caminata. A las 17.45 empezó el atardecer y unos quince minutos más tarde la noche estaba completamente cerrada. A esa hora deberíamos haber llegado a la entrada del parque, pero la equivocación en la elección del sendero nos mantenía caminando por un bosque tupido, en noche sin luna, con un puma que, sentíamos, nos acechaba a cada paso. No se veía prácticamente nada, lo que llevó a tropiezos con raíces y desniveles del sendero. Hacíamos mucho ruido y escuchábamos crujidos entre los árboles. Ya no podía ver la hora. Finalmente escuchamos un estruendo tremendo, y empezó a llover.

Los hermanos confeccionaron un refugio, que apenas nos mantenía secos, amarrando las hamacas a unos árboles. No llevábamos comida, sólo algunas botellas de agua. Era impensable encender fuego. Los teléfonos móviles de los Blanchard se encontraban fuera del área de cobertura. Comenzamos a utilizar el número de emergencia (911), pero no comunicaba, ni tan solo un tono. Terencio aseguraba que las lluvias eran cortas, que teníamos que esperar unos minutos y podríamos volver a caminar.

Pasaba lentamente el tiempo. Terencio explicó que la visión de los pumas, a diferencia de la humana, es más efectiva enfocando objetos en movimiento que objetos estáticos, por eso se recomienda quedarse muy quieto si te encuentras con uno. En caso de que se acercara, ampliaríamos nuestro volumen agitando las hamacas y extendiendo los brazos, a fin de atemorizarlo. Pasaron cerca de 45 minutos de lluvia intensa, y luego comenzó un rocío fino que de todas maneras nos humedecía las ropas. En todo caso, volvimos a la caminata.

Avanzábamos encendiendo la linterna del móvil de Terencio de vez en cuando, tropezando siempre con raíces y agujeros, hasta que nos adentramos en una zona pantanosa donde tuvimos que meter definitivamente los pies en el barro, si bien la demarcación del sendero seguía siendo clara. En cierto instante Terencio alumbró al frente con la linterna, iluminando los ojos de un animal pequeño, peludo, que salió corriendo en sus cuatro patas. Se trata de un puma inmaduro, al que igualmente le vimos las costillas marcadas en los costados.

La idea de tener a una puma hembra con una cría hambrienta siguiéndonos los pasos comenzó a ponerme muy nervioso, inquietud compartida igualmente por los Blanchard. Apuramos el paso cuando la lluvia se detuvo por completo, asomándose por el oriente una enorme luna llena que iluminaba el camino. Ahora que teníamos más luz, entré a alucinar con bestias voraces ávidas de carne humana, viendo fauces jadeantes entre los arbustos, incluso varias veces me pareció ver a un puma corriendo hacia nosotros. Me entró el pánico, o la adrenalina, no sé cómo llamarlo, y en una recta bien iluminada me lancé en una carrera desesperada, ahogando gritos de horror, que Terencio y Adelardio acompañaron hasta que nuestros cuerpos no pudieron más.

Después de ese trote absurdo, tuvimos que parar a descansar algunos minutos. Cuando volvimos a la marcha, vimos a lo lejos una luz, aparentemente luz eléctrica al borde del sendero. La vegetación era baja, con algún árbol cada 20 ó 30 metros. La casa apareció detrás de un bosquecillo de árboles altos, tal vez álamos, evidenemente plantados ahí por humanos. Era una amplia morada de un piso, cuya entrada principal contaba con una puerta doble, como de iglesia, que se abría hacia adentro, portal en el que además figuraba un lienzo de plástico con la inscripción "Tabernáculo Bioceánico". "Estos hermanos son cristianos", dijo Terencio.

El panorama al abrir la puerta fue por lo menos extraño. Había un amplio salón, con un escenario y sillas dispuestas para escuchar al orador, cuyo atril se encontraba lleno de papeles, sin nadie ocupando estas instalaciones. A lo largo de los costados del salón, en cambio, unas 30 hamacas colgaban con hombres y mujeres durmiendo en ellas. Algunos levantaron sus cabezas en una sonrisa amplia, amistosa, llena de expectación. Una mujer apareció por una puerta lateral y nos dio la bienvenida, presentándose como Analía. Le explicamos que habíamos entrado al Parque Natural Soberanía, perdiéndonos en el camino de regreso. Nos respondió que a esa altura de la noche no era recomendable caminar por la selva, invitándonos a dormir en el mismo salón, en un par de hamacas que ya estaban siendo colgadas para nosotros. No podía entender de qué se trataba ese lugar, así que le hice la pregunta que Adelardio y Terencio también tenían entre dientes, le dije: "¿Qué es este lugar?". Analía respondió en los siguientes términos:

El Tabernáculo Bioceánico es una institución cristiana. Nos enorgullecemos de llevar la palabra de cristo y de la biblia. Esta casa es un sanatorio para problemas relacionados con el estrés y la angustia, es una casa de oración, de alegría y de contemplación. Los fieles que se acercan a nosotros han de caminar las 4 horas que nos separan de la carretera más cercana, marcha en la que se debe atravesar el cerro Guarinas, el segundo más alto de la Panamá.  Esta experiencia ayuda a desconectarse del ruido de las ciudades para adentrarse en uno mismo, en la comunicación con dios. Si vosotros hermanos habéis llegado por casualidad, con mucho gusto os recibiremos e indicaremos el camino para regresar, pero esta es hora de dormir, así que os invitamos a recostaros en las hamacas. Por la mañana podremos conversar y podréis caminar de regreso.

Mi reloj marcaba ya las 20.30 horas. Tomando en cuenta que el portalón del Guayacán estaría abierto hasta las 21, que mi regreso a tiempo era imposible, me puse de parte de Analía, invitando a Adelardio y Terencio a ocupar las hamacas. Los hermanos prefirieron colgar ellos mismos sus propias hamacas en un lugar de su gusto, pero yo me recosté rápidamente sobre la que había sido dispuesta para mí, cerré los ojos, e intenté descansar. El calor sofocante dentro del recinto sin aire acondicionado hacía difícil concentrarse en la respiración, por lo que no estaba siendo sencillo quedarme dormido.

Cuando parecía estar cerca de conciliar el sueño, alguien me tocó el hombro. Era una mujer de mi edad, algo menos de 30 años, que me mostraba una botellita y un paquete de cigarros. Cruzaba sus labios con el dedo índice para decirme que no hiciera ruido mientras caminábamos entre las hamacas hacia una puerta trasera. Ya afuera de la construcción, reunidos alrededor de una ampolleta de luz cálida, un grupo heterogéneo de hombres y mujeres se emborrachaba con aguardiente y fumaba cigarrillos que no olían sólo a tabaco. Tomé algunos tragos del licor y acepté el tabaco (lo otro no porque la CoNChiPaS te hace "exámenes sorpresa" de drogas, y no llegar a dormir al buque ya era suficiente problema).

La mujer que me había invitado a compatir se presentó como Diane (no sé cómo escribirlo, pronunciaba algo así como "dian"). Me contó la verdad acerca del Tabernáculo Bioceánico. Resulta que muchos dueños de empresas panameñas son cristianos. Varias de estas empresas han tenido o tienen problemas de estrés laboral, que se solucionaban dando vacaciones extra a los empleados, con la excusa de licencias médicas proporcionadas por psiquiatras que diagnostican crisis de ansiedad o de angustia a los trabajadores. Como se hizo evidente que los psiquiatras vendían estos diagnósticos, un grupo de empresas se contactó con el Tabernáculo para proporcionar unos días de relajación a cambio de terminar con la mentira de las licencias. Diane, empleada de contabilidad en la industria termoeléctrica, venía a pasar unos días en la selva cada dos o tres semanas. Un hombre totalmente borracho, aunque tranquilo, que se presentó como Bernardito, obrero del mundo de las comunicaciones corporativas, dijo usar el tabernáculo durante una semana entera cada dos meses. Hablaron mucho acerca de las drogas que usaban, especialmente marihuana y cocaína, pero también mencionaron el éxtasis, e incluso algunas drogas de diseño cuyas siglas no pude retener. 2CP, 25i, M, cosas así.

Uno por uno me fueron contando pequeñas anécdotas de la vida en Panamá. Lamentablemente el grado alcohólico del aguardiente, sumado a que no comía nada hace unas 8 horas, me emborrachó rápidamente y me fui a tender en la hamaca. Tuve una serie de sueños confusos relacionados con mi antigua vida en oficina, para despertarme y ponerme de pie de un salto cuando Adelardio con Terencio ya habían terminado de acodomar sus cosas. Estaban listos para salir, así que fuimos a buscar a Analía.

El sol estaba asomándose recién por el oriente. Las hamacas estaban llenas de gente, y se olía en el ambiente un hedor a taberna. Analía se encontraba con un grupito de personas rezando el rosario al aire libre. Cuando nos vio, nos invitó a rezar con ellos, convite que tendí a rechazar, pero que los hermanos Blanchard aceptaron de buena gana, tomando asiento con las manos cruzadas y los ojos cerrados. No podía creer que estuviéramos perdiendo el tiempo en rezar, pero me dediqué a observar los árboles y los pajaritos. Vi uno completamente amarillo, del tamaño de un gorrión, pero más flaco. También una rapaz pequeña que podría haber sido un cernícalo.

Cuando finalmente terminaron de orar, Analía nos dio unas sencillísimas instrucciones para llegar a la carretera. Según dijo, volver a la entrada del Parque Nacional Soberanía nos tomaría unas 6 horas, en cambio, en llegar a la carretera más cercana, a buen paso, tardaríamos 3 horas. Se trataba de seguir el sendero, que subiría hasta unos 500 metros de altura, cumbre desde la cual veríamos la autopista, para luego bajar hasta la misma. Tras comer dos sándwiches de pollo cada uno, retomamos el camino.

El ascenso fue más sencillo de lo que esperábamos, y antes de las 8 de la mañana alcanzamos la cumbre. La vista impresionante me dejó maravillado, por lo que iba a sacar mi cámara fotográfica para hacer algunas capturas. Terencio me increpó diciendo que no podíamos perder el tiempo en fotografías. Le respondí que acaso sí podíamos perderlo en rezar, motivo por el que se ofuscaron, disponiéndose a caminar sin mí. Tuve que seguirlos a la carrera. La carretera se veía desde lejos y me decidí a pedirles disculpas, asegurando que nunca quise ofenderlos en su moral cristiana. No sé si me disculparon, pero en todo caso no quisieron seguir conversando. Seguimos caminando en silencio.

Ya se escuchaba el alboroto de la autopista cuando, sin previo aviso, aparecieron entre los árboles dos hombres de gran altura, cada uno con gafas oscuras, apuntándonos con sendas armas de fuego. Adelardio y Terencio, en una actitud que nunca imaginé, apuntáronme con sus dedos índice, pero fueron reducidos rápidamente, puestos de cara en el suelo y esposados con sus manos en la espalda. Luego los hombres hicieron lo mismo conmigo. Se escuchó el sonido de un helicóptero, que se iba acercando cada vez más. Los hombres revisaron las mochilas de los hermanos Blanchard, mientras ellos acusaban que yo tenía la droga.

Desesperado o impresionado o francamente espantado grité algo así como "¿¿KHÉEE KHÉEE KHÉEEE??" cuando empezaron a revisar mi mochila -donde portaba sólo mi cámara fotográfica, mi shore pass y la credencial de la CoNChiPAs- y encontraron una bolsa transparente, con un puñado de no sé qué dentro de ella. El helicóptero quedó suspendido a unos 10 metros sobre nosotros. Nos pusieron rápidamente unos arneses de seguridad para elevarnos hasta la nave en cosa de segundos.

El primer viaje en helicóptero de mi vida, en las peores circunstancias imaginables. Viajamos durante cerca de una hora hasta la Ciudad de Panamá. En el camino, Terencio me decía:

Ahora mejor te vas preparando porque te van a pasar a la policía militar. De la militar te pasan a la DEA (agencia antinarcóticos estadounidense) y ahí te extraditan a California. Son por lo menos 10 años por la media libra de cocaína que llevabas. ¿Acaso creías que te invitaron al aguardiente porque querían ser tus amigos? Todos pagamos las consecuencias de nuestros actos, vivimos presos de nuestras decisiones.

Adelardio también locucionaba en medio del ruido infernal del helicóptero:

Esta policía no tiene ninguna legitimidad aquí en la Panamá, son unos corruptos, vendidos, empleados de la policía gringa, no sirven para nada. Cuando yo trabajaba con el Patrón esto no pasaba, se andaban cagados de miedo, metíamos toneladas de cocaína por mar hasta Colón y de ahí por tierra hasta los estados unidos, íbamos dejando paquetes de 10, 15 gramos en los puestos de control de la policía y pasábamos con una sonrisa en la cara, pero con estos gringos no se puede negociar, mira, si ni siquiera hablan el idioma.

El piloto del helicóptero efectivamente recibía órdenes en inglés a través del radio, idioma que usaba además para comunicarse con su copiloto, y con los efectivos que nos habían reducido.

En cuanto llegamos a la Ciudad de Panamá fui separado de los hermanos Blanchard. Conducido a una celda sin que se me dijera nada, intenté poner en orden mis pensamientos, pero el gris atontante de las paredes no me dejaba pensar en nada más que en pasar una larga temporada encerrado. Tenía la sensación de que iba a estar ahí para siempre. Me sentía tan confundido que ni para llorar tenía ánimos. Todo había sido muy rápido, confuso, en cuerto modo incomprensible. Al rato aparecieron dos hombres vestidos de civil, con armas de fuego al cinto, que me llevaron hasta una oficina.

Otro hombre apareció por una puerta y me saludó cordialmente. La situación se presentaba demasiado similar a la de Puerto Cabello, con el calor sofocante y las paredes oscuras. Se presentó como comisario de no sé qué sección de antinarcóticos. Me costaba entender sus palabras, me encontraba muy confundido, tenía dificultades para respirar con calma. Me explicó que los hermanos López eran delincuentes, ex-guerrilleros, antiguos empleados de alto nivel de las mafias colombianas de narcotraficantes. Se rió de buena gana cuando le pregunté si los López eran los mismos que los Blanchard. Siempre usan nombres diferentes., me dijo, pero se llaman Claudio y Pablo.

El comisario dijo que gracias a mí habían logrado detener a estos dos bandidos. Que los estaban buscando hace un tiempo, ya al tanto del timo en el que cargaban con droga a un extranjero para internarla en la ciudad de Colón. La droga, que venía de Colombia y era escondida en la selva. Entonces, le dije, yo no soy culpable, ¿verdad? Usted entiende que yo no soy culpable, le dije. Respondió afirmativamente. Me dijo que otros extranjeros habían pasado temporadas en la cárcel por culpa de estos traficantes, pero que yo no tenía de qué preocuparme. Que me llevarían a mi hotel una vez finalizado el interrogatorio donde debía dar cuenta de cada detalle de lo que había pasado. Le aclaré que no alojaba en ningún hotel sino en un buque, a lo que respondió que mi "shore pass" sólo me permitía permanecer en la ciudad de Colón, por lo que había cometido un ilícito, pero que lo dejaría pasar por mi aporte en la captura de los delincuentes. El interrogatorio comenzaría en los siguientes minutos, pero me pidió una primicia, me preguntó: ¿a usted también lo asustaron con el puma?

La ronda de preguntas y respuestas duró algo así como dos horas. Tuve que relatar con todo detalle cada instante que había compartido con los Blanchard, o con los López. Estuve hablando sin parar y al terminar me largué en un llanto imparable. Lleno de mocos y con la cara roja e irritada, sin ofrecerme agua ni comida, sólo papel para sonarme, me llevaron a un vehículo negro que tomó una autopista para dirigirse a Bahía Las Minas. Dos policía ingresaron conmigo al Guayacán, bajo la mirada estupefacta de los tripulantes en el portalón.

En la cabina del capitán, y en compañía del primer piloto y del jefe de máquinas, los policías relataron lo sucedido a los oficiales, asegurándoles que yo no había tenido responsabilidad alguna. El capitán se limitaba a negar con la cabeza, mirándome de reojo con rabia y odio. El primer piloto y el jefe de máquinas sonreían, hasta reían, mirándome pícaros, impresionados de mi mala suerte. Finalmente los policías se fueron y el capitán me ordenó volver a mis labores.

Al día siguiente, justo después de zarpar hacía los estados unidos, un grupo de tripulantes me condujo casi a la fuerza al salón de estar para que les relatara lo sucedido, cosa que hice, aunque sin demasiados detalles. Cuando me estaban haciendo preguntas, la voz del capitán sonó en los altoparlantes citándome con urgencia a su cabina. Al llegar, me increpó:

En mis treinta años de experiencia a bordo, nunca, NUNCA había visto a alguien meterse en los problemas en los que se ha metido usted. Es evidente que no sirve para trabajar en la marina mercante. Me puse en contacto con la compañía, y enviarán su relevo a la ciudad de Nueva Orleans, donde llegaremos dentro de siete días. Prepare sus cosas y deje su cabina lista para recibir a su relevo. Puede retirarse.

En fin, me dije, todo lo que principia ha de concluir, y de todas maneras alcanzaría a conocer Nueva Orleans. Cuando me disponía nuevamente a trabajar, llegó Darkson con su teléfono móvil a mostrarme un artículo publicado en el periódico Las Últimas Noticias. Leí:


Panamá: cae banda de "los ornitólogos"

(UPI) La policía panameña, en coordinación con la Agencia Antinarcóticos Estadounidense (DEA por sus siglas en inglés), detuvo el día de ayer a un peligroso grupo de narcotraficantes que se dedicaban a timar turistas en la ciudad de Colón.

El curioso apodo con el que la prensa local bautizó a los maleantes se debe a que éstos buscaban extrajeros con afición por el "birding" (observación de aves), actividad muy común entre los turistas europeos en centroamérica.

El timo se realizaba en dependencias del Parque Nacional Soberanía, a unos 50 kilómetros de la ciudad de Colón, donde los turistas eran "cargados" con cocaína proveniente por vía marítima desde Colombia. Luego, los maleantes llevaban al turista de vuelta a la ciudad, ligar en el que retiraban la cocaína, muchas veces sin que el viajero lo notara.

La policía descubrió a la banda tras dos redadas en el barrio de Cutibá. En ambas ocasiones, una pareja de hermanos acusaba a un extranjero de tener droga en su poder, quedando éstos libres y el turista detenido. La policía comenzó a sospechar, descubriendo que la banda utilizaba una casa de reposo de la comunidad cristiana para almacenar la droga en medio de la selva.

Un chileno de iniciales R.C.A fue timado por la banda, bajo la estricta vigilancia de la policía, quienes detuvieron también a 7 panameños y 4 colombianos en la casa de reposo, llamada "Tabernáculo Bioceánico", dejando al compatriota en libertad.

El vínculo con la guerrilla colombiana quedó al descubierto cuando uno de los hermanos declaró en el control de detención que el Ejército de Liberación Nacional seguiría en la lucha, y si era necesario seguiría financiándose con la droga que consumen los turistas estadounidenses en Panamá.

lunes, 9 de enero de 2017

Educación de Mercado



Educación de Mercado fue una intervención artistica del Colectivo Arbol 5
Realizada clandestinamente y sin autorización en
el Auditorio José Carrasco del Instituto de Comunicación e Imagen del Icei.
En septiembre del año 2009
Consistió en la instalación de un pupitre y una mesa sustraídos de la facultad de Ciencias Sociales
Enfrentando a un carro de supermercado sustraído a su vez de  una cadena a la que no le haremos publicidad ( a menos que decidan enviar un maletín con billetes no seriados a la dirección Ruta I-50 (Camino el Árbol) km.8, Marchihue, VI Región.)
La instalación fue realizada minutos antes de una clase magistral del profesor Carlos Ossandon, quien se mostró desconcertado al contemplar la materialidad de la obra, obligandole a la lectura simultanea de las obras Le Partage du sensible, Rancière Jacques  La Fabrique, 2000 y El negocio de las universidades en Chile, MOM, Random House Mondadori (2007)
  




                                      






viernes, 30 de diciembre de 2016

falta de creencia en la libertad misma


Cruzamos la calle como polillas atraídos por la luz amarilla, nos movía el hambre, nada más que el vacío de la guata. Teníamos las piernas las pesadas, cansadas de adrenalina y los brazos los sentíamos lánguidos y estirados. La garganta se nos había irritado de tanto grito insultando a los pacos: ¡Insensatos, cochinos conchesumadres, estultos, asesinos, inmisericordes, chanchos culiaos!. Habíamos reducido la irritación de lacrimógena e insultos escurriendo un abundante caudal de cerveza por la faringe. Caminábamos tambaleando, pero con el tumbao chorizo de soldados que ganaron la guerra. Pensábamos poco de tan borrachos simplemente fuimos vulnerables a la suculencia publicitaria. El hambre y el aliento a copete nos hicieron callar la verborreica piromaniaca insurrecta, para pasar piola. Que no se note que no somos nativos del lugar. 

Chocamos entre nosotros a cada paso, por lo mismo nos abrió amablemente la puerta un caballero entrado en años, mantienendo una sonrisa suave, lentes amplios y unas ligeras negras de pelo cano a cada lado de la cien.
 Nos fuimos en masa al baño, como un cuerpo homogeneo, casi tomados de las manos. Nos metimos todos en el mismo cubiculo cagadero. Sin perder la intimidad del roce, compartiendo el aroma a copete, bencina , sudor y lacrimógena.
 El Hetcheverria saca una bolsita hermética de lo que el llama Califunckin Widow, una mariguana criada en las más estrictas y controladas condiciones técnicas, dentro de un closet del barrio alto, todos y cada uno de los elementos que permitieron su crecimiento fueron mensurados y pensados en función de la máxima eficiencia y eficacia de la volá. El Braiyatan se sacó un paquete de papel de revista con una sustancia del color que resulta de muchas plasticinas mezcladas. Un legendario paraguazo de la San Pancracio, ningún calculo, registro o criterio fue empleado en el amalgamado alquímico de esta sustancia. Procedimos a mezclarlo para invocar un pantalón de milico, el perfecto camuflaje entre verde y café. Le prendimos fuego maldiciendo la vida de todos los funcionarios dictatoriales que vivían tranquilos, jubilados o recluidos en hoteles lujosos. Con cada bocanada de humo conjurábamos su incineración.

Terminado el sahumerio salimos riendo como hienas, despistados, con problemas de coordinación entre las manos, confundiendo los minutos con los metros, las palabras con los pasos y el pensamiento con el peso. Aveces nos paranoiqueabamos con la presencia de los pacos de punto fijo a la salida del restorán. Los mismos a los que hace un par de horas les arrojamos molotovs, nos aterraba la idea que nos reconocieran, que nos revisaran las mochilas, que cacharan donde botamos los guantes, encontraran los poemas de nuestros cuadernos que los leyeran y no les gustaran.

Hicimos la fila para realizar la compra, ahí estaba esperándonos el mismo pelao que nos abrió la puerta, sonriente, amable y triunfal. Lo veíamos a veces con la más elegante etiqueta italiana, otras llevaba puesta la ropa del Toni Rolando, la mascota-gerente de la transnacional que nos guarecía.  Me acompaña en la fila, me toma firmemente del brazo y me dice susurrante al oído:

“Cuánto más efectivamente se fortalezca el sistema de libre mercado, menores serán los costos transicionales de terminar con la inflación”

Llego a la caja y saco la Golden Card de mi viejo, aturdido y nervioso quedo mirando fijo a la cajera que tiene mi edad, el elegante caballero me aprieta el brazo para que reaccione, pido el combo 2, sin saber que contiene, sólo por responder algo. Entonces me susurra nuevamente:

"La responsabilidad social de los negocios consiste en incrementar sus beneficios".
Agrando mi combo y el tamaño de la bebida, deslizo la tarjeta y tecleo mi fecha de nacimiento.

“Un país donde se anteponga la igualdad a la libertad terminará sin ninguna de las dos”

Me acompaña a una mesa al fondo del local, mis compañeros como borregos nos siguen babeando sobre sus bandejas, todos pidieron el combo 2. 
Desenvuelvo la comida y el desliza su mano por mi espalda. Le pongo, mostaza, mayonesa y ketchup a mi hamburguesa. El caballero a ratos elegante a ratos payaso me mira triunfante como si ante sus ojos se hubiese construido un paraíso. Espera que masque la hamburguesa para decirme:

“De hecho, una de las mayores fuentes de objeción hacia una economía libre es precisamente que da a la gente lo que quiere en lugar de lo que un grupo particular cree que debería querer. Detrás de todos estos argumentos en contra del libre mercado se esconce una falta de creencia en la libertad misma” 

Afloja mi pantalón y recoge un cumulo de grasa coagulado en mis labios, mis compañeros comen y babean, el hombre mete su mano por mi pantalón rozando mi nalga, me acomodo para que pueda tocarme, la grasa lubrica Mcnificamente sus exploraciones digito-anales. Va marcando el ritmo con el que como. Entre gemidos y espasmos mancho con Kepchup mi polera del Che Guevara, milagrosamente caen sobre su frente, marcando los estigmas de la corona de espinas, el Cristo de la Higuera parece llorar sangre, pero la grasa y la sangre transmutan su gesto duro en una expresión de pasión, martirio y placer. Intento sin éxito mantener la compostura.
Para que el paco de afuera no se entere.
No sospeche, no se ponga celoso
No se ponga violento


Mis compañeros comienzan a desvestirse, a tocarse cada uno a si mismo y entre ellos. Deslizan por sus cuerpos la hamburguesas, se chorrean de bebida, muerden los hielos, gritan de placer al mojar las zonas de su cuerpo irritadas por las lacrimógenas, gimen, relamen, gritan… Jaime Guzman despierta y eyacula.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Breviario litoraleño

1.

Una mañana desperté en la costa y sin dientes. Lo que había perdido, sin embargo, no era tanto la materialidad ósea con que masticaba hasta entonces carnes y frituras, sino esa dureza del lenguaje con la cual uno juega a ser juez del mundo. Así me criaron y hasta gusté de mí, padre de mis titubeantes poemas y orgulloso de la política que argumentaba con castizos conectores. De ese modo justifiqué filosóficamente mis miserias, con un orgullo igualmente mezquino cuyo vacío no me atrevía a asumir. Buen método para desarmar la democracia aprendida, entonces, era dejar de mascullarla por enfermedad.

2.

Dice Silvestri que Nietzsche llamaba estados valetudinarios a aquellos en que la potencia de un cuerpo se acrecienta por efecto de sus propias carencias. Por ejemplo, la persona que queda ciega a los treinta años aprende a diferenciar sonidos que antes le parecían iguales. Así, quien viaje al círculo polar puede aprender a distinguir los diferentes blancos en la materia, con más facilidad si se apoya de las diversas palabras con que los pueblos del norte llaman a esa escala cromática, plana para un hombre occidental que se cree a sí mismo blanco y que llama color piel al color de su piel. Para ejercitar un estado valetudinario, así como para someterse a un viaje sin devenir turista, hay que abandonar el cinturón de certidumbres sobre el que se edifica la soberbia epistémica que nos vuelve ciegos e idiotas. Séneca dice que de nada vale viajar, aunque viajes solo, si viajas siempre contigo mismo. No basta, entonces, con incendiar Chile, pues tanto la esclavitud como la policía están en todas partes. No queremos ampliar el desierto, por el contrario necesitamos multiplicar los oasis hasta que sus ríos, hoy famélicos, se toquen y compongan un gran caudal, capaz de inundar la tristeza que el capitalismo ha querido hacer ontológica, pero que no es más que otro de sus artificios simbólicos vuelto carne.

3.

La ciencia ha aprendido del error más que el humanismo. Todo lo que hemos creído hasta el momento como cierto muestra su debilidad ante lo nuevo cuando es glorioso. El pensamiento nunca se suspende. Marca sus inflexiones precisamente en los momentos del descubrimiento. Lo irrefutable del platonismo es que la idea se presenta como un descubrimiento. No sabemos lo que puede un cuerpo, tampoco sabemos lo que puede un pensamiento.

4.

¿Ha hecho falta que destruyera mis huesos de la palabra para contemplar las manifestaciones de la naturaleza de forma más humilde? Antes creía que trataba con respeto. Sin embargo, quizás no era cuestión de contemplar sino de participar activamente, de dejarse afectar mas también de afectar, de incidir en los acontecimientos. De desplegar la voluntad. En eso consiste la agencia. ¿Cómo llega la idea, entonces? Ésta se presenta como un camotazo o un coliguazo, como un golpe cuando menos, es decir, con fuerza y hasta con violencia, y procede de la composición del pensamiento con otros pensamientos. La idea sacude a la certeza de modo que funda un nuevo estado del pensamiento, se impone en la pizarra de la historia como un punto que deviene mancha, una isla o un lago en un mapa, aunque de cerca más bien sería como el cráter de un volcán. Todo esto le parecerá muy cartesiano a mi compeñi.

5.

Asimismo hay quienes convirtieron un delirio en su ciencia, cual fue el caso del doctor austriaco que se fue al campo de Estados Unidos y quiso medir la pulsión. Su historia es triste, pues conjugó la ingenuidad y la confianza con una voluntad de liberación. Huido del asedio nacionalsocialista por freudiano y por marxista, creyó que aquello de la libertad en el país central del norte de América era algo efectivo. Fuóse a instalar a una universidad por las Pensilvanias con el objeto de experimentar sus teorías sobre el libre flujo de la sexualidad como método para la revolución social. Allí diseñó una máquina de la que captaría la energía de la vida, el acumulador de orgón, en cuyo desarrollo consiguió trabajar con diversas personalidades, incluido el propio Einstein. Como es de esperar para cualquier habitante de un país invadido por Kissinger y la CIA, a Guillermo Reinos, el doctor austriaco, lo metieron preso, esto en la época de la invasión norteamericana a Corea, donde hubo una gran purga entre los ciudadanos norteamericanos para perseguir al fantasma del comunismo. En su libro La función del orgasmo, el bueno de Reinos había demostrado que culiar era un acto biológico de afirmación de la vida puesto que materializa la voluntad y el deseo, y por lo tanto, los supuestos fines reproductivos son un apéndice de tan necesario acto. Murió en las prisiones del capitalismo tecnoliberal, confiscada su máquina y prohibidos sus libros. Al día de hoy, su pensamiento es relevado en películas documentales y detonaciones en las comisarías.

6.

Uno se puede encerrar en la creencia de sus virtudes, y convertir ese caparazón en la nave que nos permita navegar seguros en medio de la tormenta y sus cadáveres. Quizás no haya yerro suficientemente fuerte como para entrenarnos a oler las verdades en lo inmediato, antes bien, si somos cautelosos sabremos que estamos errando cuando nos llegan señales de la enfermedad. Para conseguir el despliegue del estado valetudinario requerimos haber sentido el dolor en su máxima potencia. La carencia radical. El abandono, la oscuridad total, el cero absoluto. Esa melancolía no es autodestructiva, es la condición de posibilidad del despliegue de la potencia creativa.

7.

Afinar los órganos para el camino ha de ser el ejercicio permanente del viajero. No obstante, que la preparación del viaje jamás concluya no quiere decir que el viaje no haya comenzado.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La toma partió de a poco
empezamos en el colegio
y seguimos con la universidad.
Ocupamos una casa y dormimos en ella
Entramos a un terreno y armamos una población
Edificamos una ciudad
administramos un estado
dictamos la ley
Invadimos la ficción de la patria,
escribimos anécdotas, canciones, cuentos, novelas épicas
EPOPEYAS
Quemamos las bolsas de comercio
y finalmente nos sentamos a meditar,
para tomar el control de nuestra propia mente
He dejado de ser lo que fui
para seguir siendo lo que era.
Desde la última vez que hablamos
he muerto y renacido al menos tres veces...
Y Jamás he resucitado.

lunes, 24 de octubre de 2016

La verdad en los puños

Las figuras fantasmales marchan en el reflejo del agua del memorial, José Morales medita se concentra en su respiración, busca calmar todos los pensamientos, miedos y ansias que lo perturban, calma el flujo de su pensar al igual que las ondas del agua pierden fuerza y la marcha se disuelve en la linea recta del cemento.

Viene de la toma del liceo, pero hizo una pausa para meditar y entrenar su corazón inconmovible, intentar al menos que el miedo, la decepción, la rabia, la pena y el revoltijo de sentimientos que se centrifugan en sus entrañas no sea un obstáculo que le cueste caro.

Camina en dirección a los cerros con la cabeza abajo, pero mirando hacia arriba, la boca cerrada, la respiración calmada y su verdad apretada en el puño. Sensei Anibal Gordon lo está esperando. Camina sin pausa quiere ser puntual, por respeto al hombre que en los últimos 7 años ha sido una figura paterna más importante que su propio padre biológico. Por cortesía con aquel que tanto le había enseñado cada martes y jueves en la casita azul de la pobla convertida en un humilde dojo de karate, donde había aprendido técnicas, posturas y valores.

Sensei Gordón está parado en el lugar acordado con las piernas semi abiertas, los brazos cruzados la mirada fija, la cara inexpresiva y severa enmarcada por el bigote poblado que  a veces usaba para hacer bromas que relajaban la tensión en sus clases, aunque   incluso  bromeando mantenía un talante serio. José recuerda la primera vez que entró en el dojo, le impresionó esta alta y fornida figura solemne e imponente como una estatua que se mueve, sus puños enormes podrían romper arboles, su voz como trueno hacia retumbar el piso cuando lanzaba un golpe. Sensei Gordon intimidaba solo estando presente, ejecutando su karate impresionaba, tenerlo de oponente era aterrador, pero José ya no le temía. 

Sensei Anibal Gordon se saca la chaqueta, tirandola en un movimiento rápido de su mano derecha, lleva unos pantalones de buzo negros y la polera gris que solía usar debajo del karategi en los días de invierno. Se pone en guardia mirando fijamente a su adversario. José llegó con los pantalones blancos del entrenamiento, de su mochila escolar rallada con plumón, corrector y pasta, de ella saca la chaqueta con la que entrenaba. En un gesto desafiante, mecánico y preciso como si estuviera ejecutando un kata, se coloca el uwagi mostrando a su Sensei que había arrancado el parche con la insignia de la escuela, incluso varios amigos le habían escrito cosas y hecho dibujos. Las mismas tachas, nombres y consignas que rayaban en la calle estaban escritas en la tela de algodón blanco.  Una A encerrada en un circulo le ocupaba toda la espalda. Sabía que eso molestaría al Sensei, continuo colocandose su cinturón negro con la misma actitud con la que ejecutaba las técnicas de forma. El día en que ganó el derecho a usar ese cinturón había sido la única vez que peleo contra su Sensei. Habiendo logrado superar todo el espectro de colores en cinturones, aprendiendo todos los golpes, patadas, palabras japonesas, formas y combinaciones.  Era el alumno más antiguo del dojo, combatió contra todos sus compañeros, incluso los de mayor edad, peleo contra Sensei totalmente agotado,  Gordon se dejó pegar, aunque de vez en cuando golpeo certero, en parte por mantener la superioridad, en parte por probar el temple de su discípulo.  José termina de amarrase el cinturón gritando con toda su energía. Se pone en guardia, ambos avanzan con las piernas flectadas y el peso del cuerpo debajo de las caderas.  El primer intercambio de golpes fue para evaluarse. Gordon comprendía que la ventaja de José era la resistencia al cansancio, su flexibilidad y rapidez.  José nota que su rival era menos agil, pero contundente en sus golpes.

Gordon lanza patas bajas a los muslos con la intención de romperle la postura, José las esquivaba velozmente, sin embargo la cuarta patada le alcanzó, el golpe le ardió. Sin importar el dolor José contraataca y luego de esquivar una quinta patada propina un certero puntapie en la pierna de apoyo del Sensei, antes que este pudiera afirmar el pie que aún se desplazaba por el aire. Gordon se tambalea, pero toma del brazo a su pupilo intentando ejercer una palanca sobre su codo para derribarlo, José cambia el equilibrio de su peso y forcejea para ser el quien aplique la llave. Gordon nota que la bandera chilena que hacia coser a sus alumnos en el brazo había sido colocada boca abajo, empuja fuertemente a José haciendolo retroceder dando pasos cortos y rápidos para evitar no caer al piso. Gordón gritaba con la voz retumbante que hacía temblar los alrededores:
 -¡¿Cómo se te ocurre traidor de mierda, haber profanado el pabellón patrio, acaso erí peruano que se te ocurre hacer esas tonteras mocoso mal agradecido?
José sonríe manteniendo la guardia, recuerda los sermones nacionalistas al final de algunas clases, los comentarios racistas u homofóbicos que usaba Gordón para aleccionar o hacer reir a sus alumnos. Recuerda que hace algunos años el mismo estaba totalmente convencido que la visión había aprendido de su Sensei era versión correcta del mundo. Por eso cuando empezó a llegar población migrante al colegio, José fue hostil. Molestaba a sus nuevos compañeros,  les gritaba que devolvieran a los países de los que venían. 

Hace algunos años José fastidió hostigosamente a un chico colombiano que venia llegando desde Cali hace un par de días. Ernesto Cardenal tenía la piel negra y en ese entonces ese era una razón para que José le tuviera rabia. Sobrepasado por el acoso Ernesto decidió pelear con José, quien se mostró soberbio, orgulloso de ser cinturón marrón en karate. José lo empujó fanfarroneando y antes de ponerse en guardia recibió un gancho en el mentón que le tiró al piso aturdiendolo. Ernesto había entrenado boxeo desde muy pequeño. Cuando llegó un profesor a poner orden y regañar a Ernesto, José explicó que todo fue culpa suya, que merecía ese golpe, se incorporó, se arregló la ropa y se disculpó con Ernesto haciendo una reverencia. No podía creer que el primer combate real que tenía fuera del entrenamiento, lo perdiera tan fácil y vergonzosamente, pero sintió gran admiración por su rival, tanto que se hicieron amigos y de vez en cuando se juntaban a entrenar e intercambiar saberes.

José toma impulso y lanza una patada por el aire con fuerza suficiente para romper una tabla, pero sabe que Gordon no intentará resistirla, la esquiva con facilidad, el objetivo de José es cansarlo, al momento de aterrizar da otra patada en reversa, pero el  viejo Sensei es astuto y logra propinarle un puñetazo en la costilla a su alumno, antes que este logre retomar su postura. José queda sin aire, cierra los ojos para reponerse de los espasmos involuntarios que le impiden respirar mientras se alejaba dificultosamente de un nuevo ataque. Conocía la sensación de ahogo, no solo de los golpes que había recibido en entrenamiento, recordó la primera vez que una bocanada de gas lacrimógeno le entró a los pulmones. Fue también la primera marcha en la que participaba junto a sus compañeros de curso, un zorrillo los bañó en polvo blanco mientras afirmaban un lienzo pintado por ellos mismos. Se habían motivado a ir al centro haciendo la cimarra. Unos meses antes habían visto en clases la película Machuca, removidos en el interés por la historia propia, buscaron información, cuentos, escritos, documentales. El fin de semana antes de esa marcha habían hecho un maratón de La Batalla de Chile, por eso habían escrito en ese lienzo la frase con la que cerraba el último documental de la serie, "No es un naufragio, es sólo una tembladera de piso" quien la decía era un profesor universitario que trabajó activamente durante la Unidad Popular, a José le gustaron los movimientos de Tai chi que realizaba este personaje al ser presentado en el documental, deicidio auto-educarse en esta disciplina. Investigó, compró un librito en una feria artesanal, estudió videos de internet y fue comprendiendo los ejercicios. Se entrenó en la habilidad de recuperar el control de su respiración para resistir el humo lacrimógeno, esta misma habilidad le permitió bloquear apuradamente un segundo puñetazo de Gordon. Aprovechando la desventaja de José, el Sensei le toma del brazo que usó para bloquear, se lo tuerce para ejecutar una llave de arresto, que por primera vez en la vida de Gordon le resulto inefectiva. José nota que la polera gris tuvo escrita la palabra ejercito. No era una técnica propia de la galería del Karate, pero la tenía más que probada en las calles. Gordón asustado lanza un par de patadas amplias buscando alejarse de José. Este último se mantuvo en una postura recogida que no se correspondía con las formas que su Sensei conocía. Gordon queda rebotando mostrando la espalda esperando la oportunidad de percutar una patada. Hace un par de noches había ido al Liceo en toma casi a las 2 de la mañana. Frente al Acceso principal gritó insultos contra los padres irresponsables de los chiquillos que mantenían la ocupación. Los encargados de seguridad usaron hondas desde el techo para espantarlo. Un disparo certero en el cuerpo desbordó la ira de Gordon quien al grito de ¡Comunistas de Mierda! pegó tres disparos al aire con una pistola que llevaba entre la ropa y se fue corriendo. José lo había reconocido desde el primer momento, por eso no se atrevió a apuntarle a pesar de haber mantenido el elástico de la honda siempre tenso. 

Cuando se discutió el incidente en la asamblea se acordó tomar ninguna acción legal, por una parte porque no sabrían como hacerlo y por otro se corría el rumor que Anibal Gordon habría sido de la CNI. Una vez terminada la asamblea José quien aún entrenaba irregularmente le mandó un mensaje desde su teléfono diciendo: "¿Que tan choro es sin pistola Sensei?  Lo tengo grabado si no quiere que lo fune, ganeme en una pelea." En los siguientes mensajes acordaron el lugar y la hora del encuentro.

Gordon era choro con pistola, había participado del Comando anti subversivo, se especializaba en arrestar a disidentes que eran investigados por otros equipos. Disfrutaba de la adrenalina, del acorralarlos, mirar el miedo en los ojos, pero sobre todo disfrutaba mucho aplicar su llave de brazo y tumbaba fluidamente a quienes estuvieron al alcance de sus manos. Por eso le desconcertó tanto que José se hubiera escapado. La postura de Gordon no tiene aberturas, pero José sonríe al notar el desconcierto del Sensei. Enfurecido este entra con una potente patada, que es desviada por palmada izquierda de José abriendo la postura postura de su Sensei para golpearlo con el reverso de la mano derecha para para golpearlo en la cara, el golpe no fue contundente, sólo una estruendosa cachetada a la cara, su objetivo era más moral que físico. Gordon se enfurece al notar que su pupilo reía, aprieta los dientes hasta el punto de hacerlos chirriar y comienza a dar golpes de puño sin orden ni estrategia al cuerpo de José quien se limita a bloquear o resistir cada uno de estos golpes mirando fijamente al hombre que alguna vez consideró tan valioso. Gordon perdiendo el control de si grita con voz aguda - ¡Quiebrate culiao!¡Quiebrate culiao! José continua sonriendo y Gordon enfurecido hasta el delirio ya no diferenciaba si estaba en un cerro peleando contra su mejor alumno o en una casa de seguridad de la CNI ablandando a un extremista antes de entregarlo a la tortura. Ni el prisionero, ni el alumno dejaban de sonreír y grita -¡Quiebrate culiao, te vamos a poner corriente en los cocos, vamos a matar a tu familia, te vamos a tirar al mar! en medio de esta frase José cambia de postura y golpea a su rival en la barbilla con la misma técnica que hace algunos años le había ganado Ernesto.

Gordon se muerde la lengua y cae al piso, se incorpora con dificultad mirando a como perro al que sacrificarán. La sangre le escurre por la boca, José camina hacia el diciendole. -No me importa quien fueras en tu pasado, ni las cosas que hiciste, te respeté y quise mientras fuiste mi maestro, pero el mundo en el que crecí, el mundo que tu construiste es horrible, yo soy el presente, el futuro de tu pasado que te juzga y te grita que toda tu crueldad, todo tu miedo y todo el horror el que trajeron tu y los tuyos fueron perfectamente inútiles. Verás como con mi generación construiremos un mundo muy distinto a la cochinada de la que ustedes están tan orgullosos.

José le da un golpe seco en las costillas para sacarle el aire, Gordon no sabe manejar el ahogo, lo que sumado a la perdida de sangre roba la percepción.  José sube sobre sus hombros al hombre desmayado, lo baja del cerro y en la ladera lo reanima con agua y algunas palmadas en la mejilla, apenas este abre los ojos le cuenta no existe un video de el gritando en el colegio, que ese día estaba en el techo con la honda tensa, pero que no se atrevió a dispararle.

La historia de esta pelea tiene distintas versiones y es contada recurrentemente por distintos freestaleros en las micros del sector norte. 

Dicen que Gordon se marchó todo lo lejos que pudo algunos cantan que a Punta Arenas y otros que Arica, donde esta pelea le pena, lo ataca distintos monstruos, encabezados por su propia monstruocidad.


La casa-dojo había sido regalada irregularmente a Gordon durante su servicio, fue recuperada por organizaciones. Donde se realizan distintas actividades y talleres, José enseña un arte nuevo arte marcial. 

viernes, 16 de septiembre de 2016

Inmersión

a mis hermanxs que están habitando líneas de fuga:
Pax Roa, Max C. Galaxia, Boris, Laura,
Camila L. E. (lectora de Espinosa, lentes que son espejos),
David el navegante, David el transhumante,
Cristo Alejandro H. Salinas,
todxs en alguna medida
llamadxs
Pancho Misterio


***

Voy conduciendo un vehículo imposible,
descapotado
está mi organismo
ejerciendo la más desoladora presión
sobre el pedal acelerador
con el objeto de avasallar esta carretera
pneumática
donde la tierra se chupa los carteles
por pura diversión
y la sed
es la compañía de los lunáticos
que me acompañan en forma de recuerdos,

voy cruzando pueblos
cuyos rumores resuenan como
los teléfonos de una oficina vacía,
sus nombres se ocultan en el calor de las nubes bajas,

esto se llama simplemente desierto de los labios partidos,

voy dejando atrás el Chile de mi época,
los transigentes que militan
en el olvido, los bares
de 10 de julio donde tantas veces disparé
la escopeta de Carrera
sobre mis ñatas inexpresivas gritando
tembloroso
los sofismas del mundo antiguo,

atrás queda Arturo Prat y Chillán Viejo,
las patas de los caballos,
Vega Chica, Collico,
avenida Macul, Cementerio Metropolitano, mall Plaza Vespucio,

voy estirando una línea redonda
que se asemeja demasiado a la navaja
de un suicida, la pesadilla de un
profesor francés
quien leía por las tardes
los poemas de Roberto Bolaño
y temía desfenestrarse a sus cincuenta años
después de matar a su esposa "sin querer" como él mismo habría afirmado,

horrores de la superficie
cuando te das cuenta que el polígono es un fractal
y que los números no se pueden contar,
así como tampoco se puede hacer
una quiromancia del pueblo
por más que quieras advertir
las próximas masacres a la clase,

voy escupiendo las cervezas
de mis juventudes
conforme embrago y jalo
la palanca de cuarta a quinta
y de quinta a tercera, sólo por joder
el motor, sólo por oír una sinfonía mecánica
del combustible,
exigiendo a los rodamientos lubricados
que cesen su funcionamiento de golpe
y me dejen igualmente estirado sobre esta infinitud
como esos millones de perros devenidos envases o monedas de la suerte,

nervadura de chacales,
crema de manos de los pastores extraviados,

voy quemando cigarrillos innobles del contrabando,
quemándome los bigotes y las sienes, aspirando
un aire marino entre dos
cordilleras como dos pilares
de un pantheón sin dioses, ya no hay nuevas dijo la poeta Elvira,
en este siglo en que el periodismo es
el ejercicio de repetir lo siempre igual,

voy adelantando kilométricos camiones
que otrora hubieran contribuido ampliamente
al derrocamiento de la Unidad Popular,
confabulados con los gremios agrícolas, con las patronales
del comercio, con los estudiantes católicos, con las amas
de la clase alta, subvencionados por
la inteligencia de
un país que no tiene nombre propio
y que ha usurpado simbólica y materialmente
a todo un universo por más de doscientos años,
van estos camiones a las zonas francas, a los puertos,
a movilizar la mercancía, a exportar
el cobre o el pino, a llenarse de
fabricaciones chinovietnamitas, encadenados
sus niños a la tintura de nuestros cabellos tristes,

voy olvidando algunas cosas
en la medida que baja la noche y no dejo de acelerar,
a veces miro por los espejos
y durante varias horas no observo un solo ser
vivo, una sola máquina, no hay nada
más que el pavimento y yo
rodando
entre el suelo y el cielo, una bandada
de pájaros antárticos me pareció ver, pero
a estas alturas puede
que sea sólo producto del sueño,

voy entrando en otras tierras, el cielo se torna azul,
lila,
celeste nuevamente, después rojo,
crimson, arde
el cielo
como el mar de Solaris
como Venecia inundada por los cadáveres del mediterráneo,
y
mi velocidad se confunde con la sangre de los dioses,
estoy dentro del mundo, finalmente
lo he logrado. Ya no hay
líneas que dividan lo existente.
Estamos juntas, hermanas,
hermanos.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Carta a la juventud latinoamericana

Hermanxs de clase y de leche

Hemos sido empalados
al interior de las vigas de los hormigones
durante demasiado tiempo
Nuestras genealogías de la aceptación
demuestran unas voluntades demasiado débiles
frente a las aguardientes de los soldados de la corona

Mimetizáronse nuestros gobernantes
como apuestos imitadores de la eurolibertad
fraguada con la sangre de los sin pantalones y de
millones de mujeres asesinadas por su sabiduría

Guerrearon nuestros antiguos
lo hicieron con arrojo y con necesidad
de su resistencia estamos hechos
Mas también nos constituye el enorme yugo patriarcal
que es el cordón umbilical de la razón fascista

Los cueros de nuestros tambores son casacas de las yutas
neoimperiales que custodian con tecnología de Jerusalén
las amplias extensiones de Wallmapu Patagonia Amazonía
Pampa Costa Cerro y Valle

Las ruinas
monumentales
de nuestras ciudades
nos aturden el vómito y aceleran el jale
de la moral
entre gritos de niñas que extraviaron a sus gatos

Rugen motores como la voz nacional de la huelga
Un camión sale de la habitación cancelada
y lleva abordo una cantidad tan chancha
de cadáveres
que hace que todos perdamos el nombre con ellos

La jeringa del joven poeta se cae a la vera
Asume su posición de riesgo
la entrada de los granaderos al campus
Advierte el desangramiento de la filosofía
a través de la sistémica picana síquica
que dioda las fortalezas
del pueblo sin enseres
Huye a encontrarse en el primer piso
de una vivienda de los tiempos del desarrollismo
donde estarían los camaradas
que aún no hubieran sido apuñalados
Es de una lluvia impresionante la calle
y el escombro es parte
de nuestros interiores
toda vez que el miedo nos gobierna

Tomamos noticia del peligro
pero nos avivamos el baile pues no queda de otra

Salimos a la mar como niños cazadores
ejercitando el arte de discernir
Somos muchos y seguimos naciendo
El pensamiento se nos sale por los bordes ficticios del ego
En silencio juntamos la cortina del día y la noche
haciendo indistinguible mismamente
nuestros propios límites
Entonces estamos fuera del horizonte
totalmente expuestos
al arbitrio de nuestra delirante potencia